Muchas veces hablamos del bullying como algo del pasado y como si fuera un capítulo cerrado de la vida. Como algo que ocurrió en el colegio, que fue doloroso, pero que quedó atrás junto con los uniformes, las salas de clase y los recreos. De hecho, cuando pregunto por esa etapa, es frecuente escuchar frases como "sí, lo pasé mal, pero eso fue hace muchos años" o "ya lo tengo superado". Y, sin embargo, mientras seguimos conversando sobre sus relaciones de pareja, sus amistades o incluso la forma en que conocen a alguien que les gusta, empiezo a encontrar comportamientos que parecen tener mucho en común con esa parte de su historia.
Durante mucho tiempo yo también pensé que el bullying dejaba principalmente problemas de autoestima. Creía que la consecuencia más importante era sentirse menos atractivo, menos interesante o menos valioso que los demás. Pero con los años he llegado a pensar que el daño suele ser mucho más profundo que eso. El bullying no solo cambia la opinión que tienes sobre ti mismo, sino también la forma en que tu cerebro aprende a relacionarse con las personas.
Cuando pasas años siendo objeto de burlas, de rechazo o de humillaciones, tu cerebro empieza a sacar conclusiones para protegerte. Aprende que llamar la atención puede ser peligroso, que mostrar quién eres puede terminar mal, que los grupos pueden excluirte, que equivocarte puede convertirse en un espectáculo y que confiar demasiado rápido en alguien puede terminar en dolor. Todas esas conclusiones tienen sentido cuando eres un niño que necesita sobrevivir en un ambiente hostil. El problema es que el cerebro no siempre entiende cuándo ese ambiente terminó.
Muchas personas creen que, porque hoy tienen treinta, cuarenta o cincuenta años, un trabajo estable, amigos o una pareja, esas heridas ya desaparecieron. Pero el cerebro no funciona siguiendo el calendario, funciona siguiendo experiencias. Si durante una etapa importante de tu desarrollo tu cerebro aprendió que las personas eran impredecibles y que pertenecer era difícil, es muy probable que siga anticipando esos mismos riesgos incluso cuando ya no existen.
La mayoría de las personas no vive pensando conscientemente que "me van a rechazar". Muchos no se dan cuenta que el bullying causó una herida tal, que lo que ocurre a nivel consciente es que, por ejemplo, solo sienten ansiedad antes de escribirle a alguien que les gusta. O piensan demasiado cada mensaje que envían, interpretan un visto como desinterés, se convencen rápidamente de que una persona perdió el interés porque tardó algunas horas en responder, llegan a una fiesta y sienten que todos los están observando, evitan hablar con alguien atractivo porque dan por hecho que no serán correspondidos, entre tantos otros comportamientos. Ninguna de esas reacciones parece tener relación con un episodio ocurrido hace veinte años, pero la verdad es que en la mayoría de los casos sí la tiene.
Creo que uno de los mayores efectos del bullying es que transforma nuestro sistema de predicciones. Nuestro cerebro está constantemente intentando anticipar lo que ocurrirá después, por lo que se convierte en una máquina de hacer pronósticos y crear escenarios catastróficos. Si durante años el pronóstico fue que mostrarte tal como eras terminaba en burla, exclusión o vergüenza, no es extraño que hoy siga esperando el mismo resultado aunque el contexto haya cambiado por completo.
El contexto es distinto, pero la estrategia que ocupas para protegerte sigue siendo la misma.
Hay algo especialmente doloroso en todo esto para muchas personas LGBTIQ+. Mientras otros niños sufrían bullying por distintas razones, muchos de nosotros fuimos atacados precisamente por algo que todavía ni siquiera entendíamos completamente de nosotros mismos. Nos enseñaron que había algo raro en nuestra forma de hablar, de movernos, de jugar o de expresarnos. Incluso antes de descubrir nuestra orientación sexual o identidad de género, ya habíamos aprendido que había algo de nosotros que era motivo de burla. Eso deja una huella muy distinta a la de un rechazo puntual.
Quizás por eso conozco a tantas personas que parecen extremadamente seguros en algunas áreas de su vida y profundamente inseguros en otras. Pueden ser exitosos profesionalmente, tener un excelente estado físico, viajar, conocer gente, hablar en público e incluso liderar equipos de trabajo. Pero cuando alguien les gusta de verdad, vuelve a aparecer ese niño que siente que probablemente no será suficiente. Es como si existieran dos versiones de la misma persona, una que sabe racionalmente todo lo que ha construido y otra que sigue esperando que, en cualquier momento, alguien vuelva a señalarlo con el dedo y que solo necesita que lo quieran.
Evitar llamar la atención o esconderte en los recreos podía protegerte cuando tenías doce años y estabas rodeado de compañeros que se burlaban de ti. O bien intentar agradar a todo el mundo podía disminuir las probabilidades de convertirte en el próximo blanco de las bromas. También, no expresar lo que sentías podía ayudarte a pasar desapercibido. O anticiparte al rechazo podía doler menos que sorprenderte con él. Todas esas estrategias tenían una lógica, pero el problema aparece cuando seguimos utilizándolas veinte años después, en relaciones donde ya no necesitamos sobrevivir, sino vincularnos.
Hay otro aspecto que me parece importante mencionar. Solemos pensar que el bullying solo deja dificultades para enfrentar el rechazo, sin embargo, muchas veces también dificulta recibir amor. Porque recibir amor implica creer que alguien puede conocerte profundamente y quedarse, implica bajar las defensas y mostrar partes de ti que durante años aprendiste a esconder. Y eso puede resultar muchísimo más amenazante que mantenerse distante.
Por eso algunas personas terminan alejándose justo cuando una relación empieza a ponerse seria o comienzan a desconfiar cuando todo va demasiado bien. Otras buscan constantemente pruebas de que el otro realmente las quiere, mientras otras hacen exactamente lo contrario y mantienen siempre una distancia emocional para no correr el riesgo de volver a sufrir. A simple vista parecen comportamientos completamente distintos, pero muchas veces nacen del mismo lugar: el miedo aprendido de que la cercanía termina en dolor.
Creo que comprender esto nos ayuda a dejar de juzgarnos. Muchas personas sienten vergüenza por seguir reaccionando de determinadas maneras. Se preguntan por qué todavía les cuesta confiar, por qué siguen buscando aprobación, por qué les importa tanto la opinión del resto o por qué un comentario aparentemente pequeño puede afectarles durante días. Y la respuesta no suele ser que sean débiles, sino que su cerebro sigue utilizando un mapa que fue construido hace muchos años para sobrevivir en un contexto completamente distinto.
Eso también significa que ese mapa puede actualizarse, ya que el cerebro aprende y es plástico a las nuevas experiencias. Así como aprendió a asociar las relaciones con peligro, también puede aprender, poco a poco, que hoy existen personas con las que es seguro ser uno mismo. Ese aprendizaje no ocurre porque alguien nos diga que "dejemos el pasado atrás". Ocurre cuando empezamos a vivir experiencias distintas, cuando construimos vínculos saludables, cuando ponemos límites, cuando aprendemos a reconocer nuestras propias heridas y dejamos de interpretar automáticamente el presente con las reglas del pasado.
Si alguna vez sufriste bullying y hoy sientes que tus relaciones siguen marcadas por el miedo al rechazo, quizás no haya nada defectuoso en ti. Quizás simplemente estás intentando amar con un sistema de protección que fue diseñado para otra etapa de tu vida. Y entender esa diferencia puede ser el primer paso para dejar de pelear contigo mismo y empezar, por fin, a construir relaciones desde la seguridad y no desde la supervivencia.
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