Hay algo que me ha pasado muchas veces en sesión, pero también en mi propia historia, y es darme cuenta de que salir del clóset no suele ser una decisión que se toma de un día para otro, sino un proceso que se va aplazando silenciosamente. No es un “no quiero”, es más bien un “todavía no”. Y ese “todavía no” puede durar años. A veces se siente como si estuviéramos esperando el momento perfecto, las condiciones ideales, o la seguridad absoluta de que todo va a salir bien. Pero ese momento, siendo honesto, casi nunca llega.
Durante mucho tiempo, yo también pensé que había que sentirse "listo" para dar ese paso. Que había una certeza interna que tenía que aparecer antes de hacerlo. Pero con el tiempo me di cuenta de que esa sensación de estar listo no siempre es previa a la acción. Muchas veces aparece después. Es decir, no es que primero te sientes seguro y después hablas. Muchas veces hablas, y en ese proceso empiezas a sentirte seguro.
Y ahí es donde empieza a volverse más complejo, porque si estás esperando sentirte completamente preparado, es muy probable que sigas postergando. No tiene nada que ver con ser "débil" o "cobarde", sino que tu mente, y sobre todo tu sistema nervioso, están intentando protegerte.
Porque sí, salir del clóset, aunque muchas veces se romantice como un acto de liberación, también implica riesgo. Riesgo de rechazo, de incomodidad, de conflicto, de perder vínculos o de transformarlos. Y frente a ese riesgo, el cerebro hace lo que mejor sabe hacer: evitar.
Yo lo veo como una especie de negociación interna constante. Una parte de mí quiere ser libre, quiere dejar de esconderse, quiere poder mostrarse tal como es. Pero otra parte quiere seguridad, quiere estabilidad, quiere evitar el dolor. Y cuando esas dos partes entran en conflicto, muchas veces gana la que busca proteger, y ahí es cuando decidimos mantener todo como está y sale la estrategia del "freezing" (en español: congelarse; es decir, no actuar ni movilizarse hacia nuevos caminos).
Por eso no basta con decir “debería salir del clóset”. Porque el “debería” no tiene fuerza suficiente frente al miedo. El miedo no se disuelve con lógica, se regula con experiencia. Con poner el cuerpo. Puedes leerte todos los libros del mundo sobre "cómo aprender a nadar" y manejar a la perfección la teoría de ello, pero si no te tiras al agua jamás aprenderás a nadar.
No todas las personas que postergan la salida del clóset lo hacen por las mismas razones. Y entender tus propias razones cambia completamente la forma en que puedes empezar a moverte.
En mi caso, hubo momentos donde yo pensaba que necesitaba una especie de “justificación” para hablar de mi orientación. Como si no bastara con que fuera parte de mí. "Cuando tenga una pareja, saldré del clóset". Como si una pareja, una historia de amor, o algo concreto hiciera más “válido” decirlo. Y eso es más común de lo que parece. Muchas personas sienten que salir del clóset tiene que venir acompañado de algo que lo respalde, como si fuera una noticia que necesita contexto.
Pero la verdad es que no necesitas una razón para ser quien eres. No necesitas un evento que legitime tu identidad. Tu existencia ya es suficiente.
También me pasó, y lo veo constantemente, que aparece la idea de que “mi familia no lo soportaría”. Y puede ser cierto. Hay familias que son más tradicionales, más religiosas o más rígidas que efectivamente no logran superar sus prejuicios por sobre el amor. Y ese contexto no es menor. No es lo mismo salir del clóset en un entorno seguro que en uno donde sabes que puede haber rechazo. Pero incluso ahí, hay una trampa sutil.
A veces no estamos reaccionando solo a lo que realmente pasaría, sino también a lo que imaginamos que pasaría. Y esa imaginación puede volverse mucho más dura, más catastrófica, más absoluta que la realidad. No significa que no haya riesgo, pero sí significa que muchas veces estamos paralizados por escenarios que no han ocurrido todavía.
Y en paralelo, aparece otra resistencia más silenciosa, que es la idea de que salir del clóset es un evento único, grande, casi como una escena. Como si fuera un momento definitivo en el que todo cambia. Y eso puede generar mucha presión. Porque si ese momento tiene que ser perfecto, entonces es muy difícil que alguna vez ocurra.
Con el tiempo, lo que he ido entendiendo es que salir del clóset no es un momento, es un proceso. Y es un proceso que, en realidad, dura toda la vida. No es una conversación, son muchas. No es un salto al vacío, son pequeños movimientos que van construyendo algo más grande. Y cuando lo empiezas a mirar así, deja de ser una decisión monumental que tienes que tomar de una vez, y empieza a transformarse en una serie de pasos que puedes ir dando.
Ahí es donde aparece la parte más práctica, que es la que muchas veces se evita. Porque pensar es más fácil que hacer. Imaginar escenarios es más fácil que exponerse a ellos. Pero si hay algo que he aprendido, es que la claridad emocional no siempre aparece antes de la acción, muchas veces se construye en la acción.
Entonces la pregunta deja de ser “¿estoy listo para salir del clóset?” y empieza a ser “¿qué pequeño paso puedo dar hoy que me acerque a poder salir del clóset?”.
Y esos pasos pueden ser mucho más simples de lo que uno cree. Tal vez es permitirte hablar del tema con un amigo en quien confías. Tal vez es dejar de cambiar el pronombre cuando cuentas una historia. Tal vez es reconocer en voz alta, por primera vez, algo que llevas años sintiendo. O quizás no contar nada, pero solo dejar de negarlo.
Hay algo muy potente en eso, porque cada pequeño acto de honestidad va debilitando la idea de que esto es algo que tienes que esconder. Y al mismo tiempo, va fortaleciendo una sensación interna de coherencia.
Otra cosa que me ha servido mucho es entender que no todas las personas tienen que enterarse al mismo tiempo, ni de la misma forma. Puedes elegir con quién empezar. Puedes elegir el contexto. Puedes elegir el ritmo. Eso hace que el proceso sea más consciente, a tu ritmo, y mucho más seguro. Empieza con las personas que te hagan sentir mayor confianza.
Porque salir del clóset también es un acto de cuidado hacia ti. Y en ese proceso, hay algo que es clave y que muchas veces no se habla lo suficiente, que es prepararte emocionalmente para distintas reacciones. No porque todo vaya a salir mal, sino porque cuando uno se atreve a hacer algo importante, necesita tener herramientas para sostener lo que venga.
A mí me ayudó mucho entender que la reacción de la otra persona no define mi valor. Que alguien no entienda, no invalida lo que soy. Que alguien necesite tiempo, no significa que yo hice algo mal. Y que incluso si alguien reacciona desde el rechazo, eso habla de sus propios recursos, no de mi identidad.
Eso no quita que duela. Claro que duele. Pero es un dolor distinto cuando lo enfrentas desde un lugar más preparado, más acompañado, más consciente.
Deja de esperar que todo el entorno cambie para poder moverte. Porque si estás esperando que tu familia sea más abierta, que la sociedad sea más justa, que el contexto sea más seguro, es posible que sigas esperando para siempre. No porque no sean factores relevantes, sino porque no dependen completamente de ti.
Lo que sí depende de ti es cómo te relacionas con tu propia verdad. Cuánto espacio le das, cuánto la validas y cuánto te permites vivir en coherencia con ella, aunque sea de forma progresiva. Deja de minimizar lo que sientes y deja de negociar tu identidad.
Porque a veces el mayor encierro no está en lo que los demás no saben, sino en lo que tú no te permites vivir.
Si te soy honesto, no hay una fórmula perfecta para esto. No hay un momento ideal, no hay un camino libre de miedo. Pero sí hay algo que he visto una y otra vez, tanto en mí como en las personas con las que trabajo, y es que cuando empiezas a moverte, aunque sea de a poco, algo cambia.
No todo se resuelve, no todo se vuelve fácil, pero dejas de sentirte tan atrapado. Y quizás eso es lo más importante. No esperar a que el miedo desaparezca para actuar, sino aprender a moverte con él. Porque la libertad que estás buscando no está al otro lado de un momento perfecto, está en cada pequeño acto en el que eliges no seguir postergándote.
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