Hay una experiencia bastante particular en crecer siendo gay que a veces se vuelve difícil de recordar cuando uno mira su adolescencia desde la adultez. Durante muchos años puedes saber perfectamente que existen otras personas gays y, al mismo tiempo, sentir que eres el único. Probablemente no lo eras. Quizás había otro compañero gay en tu curso, alguien un par de generaciones más arriba en el colegio, un vecino o incluso alguna persona dentro de tu propia familia. El problema es que, si ninguno podía hablar abiertamente de ello, para efectos prácticos esas personas no existían. Podíamos compartir todos los días el mismo espacio sin saber que compartíamos también una parte bastante importante de nuestra experiencia.
Mientras nuestros compañeros heterosexuales comenzaban a descubrir el deseo dentro de un mundo que constantemente les confirmaba que había otros como ellos, muchos de nosotros hicimos ese mismo proceso de una manera bastante más privada. Ellos podían comentar quién les gustaba, preguntar si alguien estaba pololeando, contar que habían dado su primer beso o simplemente mirar una película romántica y reconocer algo de su futuro en ella. Incluso antes de tener una relación, habían recibido miles de pequeñas confirmaciones de que aquello que sentían tenía un lugar en el mundo. Nosotros también podíamos tener amigos, una familia cariñosa, pasarlo bien en el colegio y vivir una adolescencia relativamente feliz, pero aun así sentir que había una parte importante de nuestra vida que no encontraba demasiados lugares donde existir.
Entonces apareció internet y modificó radicalmente esa experiencia. Para algunos fueron los antiguos chats, para otros los foros, Tumblr, Facebook, Fotolog, Twitter o páginas que uno aprendía a visitar borrando cuidadosamente el historial después. Más adelante llegaron las aplicaciones y ocurrió algo que hoy puede parecer completamente cotidiano, pero que para alguien que había pasado años sintiéndose como una excepción podía resultar bastante impresionante. Abrías Grindr y descubrías que había hombres gays a trescientos metros o a un kilómetro. No eran personajes de una película ni personas que vivían en una especie de mundo gay abstracto al que algún día podrías acceder. Estaban en tu barrio, en tu universidad, quizás incluso en tu mismo edificio.
Hemos hablado muchísimo sobre lo que las aplicaciones hicieron con nuestra manera de tener sexo, conocer parejas y relacionarnos con el deseo, pero bastante menos sobre lo que pudieron hacer con nuestra sensación de pertenencia. Porque para muchos hombres gays una aplicación no fue solamente el lugar donde tuvieron una de sus primeras experiencias sexuales o donde aprendieron a relacionarse con otros hombres. También pudo haber sido uno de los primeros espacios donde encontraron evidencia concreta de que formaban parte de algo más grande que ellos mismos.
La mayoría de las personas crece rodeada de adultos que pueden transmitirle aspectos importantes de las identidades que comparte con ellos. Una familia puede transmitir su historia, sus tradiciones, sus códigos culturales y una enorme cantidad de conocimientos sobre cómo moverse por el mundo. Sin embargo, un adolescente gay puede crecer en una familia heterosexual que lo quiere profundamente y aun así no tener a nadie que pueda enseñarle cómo es vivir siendo gay. Sus padres pueden acompañarlo, aceptarlo y querer comprenderlo, pero probablemente no podrán contarle cómo fue enamorarse por primera vez de otro hombre, cómo se sintieron entrando por primera vez a un espacio gay o qué hicieron con el miedo que alguna vez sintieron al mostrar afecto hacia su pareja en público.
Por eso una parte importante de nuestra socialización ocurre fuera de la familia y, muchas veces, bastante más tarde que la de nuestros pares heterosexuales. Tenemos que encontrar a otras personas que hayan vivido experiencias parecidas, aprender determinados códigos y construir referencias que no necesariamente estuvieron disponibles durante nuestra infancia. Una experiencia muy común es hablarle por chat a "la única persona gay que conoces" para pedirle consejos sobre cómo fue su proceso de salir del clóset.
Antes de internet, ese proceso tenía obstáculos bastante evidentes. Había bares, discotecas, organizaciones y lugares de encuentro, pero primero había que saber que existían, luego poder llegar hasta ellos y finalmente atreverse a entrar. Para un adolescente que todavía estaba en el clóset, cada una de esas etapas podía resultar prácticamente imposible. Pero internet permitió algo completamente distinto. Podías acercarte al mundo gay sin salir de tu pieza y, sobre todo, podías observarlo antes de sentirte preparado para participar. Esa posibilidad pudo ser tremendamente liberadora porque permitió que muchos comenzáramos a explorar nuestra orientación sexual antes de contar con las condiciones necesarias para hacerlo públicamente.
Desde esa perspectiva, reducir Grindr exclusivamente a una aplicación para encontrar sexo deja fuera una parte importante de su significado. Evidentemente el sexo ha sido siempre una dimensión central de la plataforma, pero mientras buscábamos hombres también estábamos aprendiendo sobre nosotros mismos. Ahí muchos conocieron palabras que jamás habían escuchado, descubrieron qué significaba ser activo, pasivo o versátil, escucharon hablar de PrEP, cruising, FTM, MTF, fiestas, lugares de encuentro y prácticas sexuales que desconocían. También aprendieron cosas menos explícitas, pero igualmente importantes, como la manera en que otros hombres gays hablaban entre ellos, qué bromas compartían, cómo se presentaban, qué cosas parecían valorar y qué posibilidades de vida existían más allá de las pocas representaciones que habían conocido hasta entonces.
Incluso sin concretar jamás un encuentro, observar ese mundo podía cumplir una función identitaria importante. Cada perfil era, de alguna manera, una confirmación de que había otros como tú. El problema es que esa primera experiencia de comunidad tenía una característica bastante particular. El mismo espacio que nos permitía descubrir que pertenecíamos a algo también nos exponía inmediatamente a descubrir qué lugar ocupábamos dentro de ese algo.
Cuando pertenecer y ser deseado comenzaron a mezclarse
En las aplicaciones entrábamos buscando personas como nosotros, pero el mecanismo mediante el cual esas personas se relacionaban con nosotros estaba profundamente atravesado por el deseo. Alguien te escribía porque le parecías atractivo, otro dejaba de responder después de recibir una fotografía tuya, alguien te pedía más fotos y otra persona simplemente te bloqueaba. Un hombre que te encantaba podía no contestar nunca, mientras otro que no te interesaba podía escribirte insistentemente. Todo aquello forma parte de cualquier espacio destinado a encuentros sexuales o románticos, pero adquiere otra dimensión cuando ese mismo espacio está cumpliendo también una función de pertenencia.
Pertenecer y ser deseado son necesidades diferentes. Podemos sentirnos profundamente parte de un grupo aunque ninguno de sus integrantes sienta atracción sexual por nosotros y podemos ser intensamente deseados por alguien con quien no sentimos ninguna pertenencia. Desde la adultez esa diferencia parece bastante evidente, pero no necesariamente tuvimos la oportunidad de aprender ambas experiencias por separado. Para algunos hombres gays, el descubrimiento de una comunidad y el ingreso al mercado sexual ocurrieron prácticamente al mismo tiempo.
Mientras una parte de nosotros intentaba responder dónde estaban los otros como nosotros, otra comenzaba a preguntarse qué tenía que hacer para que esos otros nos eligieran. Las respuestas aparecían bastante rápido. Una fotografía generaba muchos mensajes y otra prácticamente ninguno. Mostrar determinadas partes del cuerpo podía aumentar la atención. Algunas características eran explícitamente solicitadas mientras otras aparecían directamente excluidas en las descripciones de los perfiles. La edad, el peso, la expresión de género, la masculinidad, la raza, la posición sexual y el tipo de cuerpo podían modificar radicalmente la manera en que los demás interactuaban contigo. Nadie necesitaba sentarse a explicarte cuáles eran las jerarquías de deseabilidad porque bastaba con participar durante un tiempo para comenzar a reconocerlas.
Esto no significa que cada rechazo recibido en una aplicación haya producido una herida psicológica ni que todos los hombres gays hayan construido su autoestima a partir de Grindr. Sería una generalización absurda. También nosotros rechazamos, dejamos conversaciones sin responder, perdemos interés y seleccionamos a las personas con quienes queremos relacionarnos. El deseo siempre implica preferencias y nadie tiene la obligación de sentirse atraído por nosotros. Lo que me parece interesante es preguntarnos cuánto peso adquiere esa respuesta cuando durante años uno de los lugares donde comprobábamos que había otros como nosotros fue también un lugar donde comprobábamos si esos otros nos querían.
Con el tiempo podemos ampliar muchísimo nuestros espacios de socialización. Ya no estamos encerrados en nuestra pieza preguntándonos dónde están los otros gays. Podemos tener amigos gays, ir a fiestas, conocer parejas, trabajar con personas LGBTIQ+ y vivir nuestra orientación sexual con bastante libertad. Objetivamente ya encontramos a los otros, pero eso no significa necesariamente que hayamos aprendido a sentirnos completamente seguros entre ellos. Encontrar una comunidad y experimentar pertenencia dentro de ella son procesos distintos.
Cuando la comunidad también se convierte en un lugar donde rendir
Hay hombres gays que se sienten completamente cómodos diciendo que son gays y, al mismo tiempo, profundamente inseguros respecto al tipo de gay que sienten que son. Pueden entrar a una fiesta llena de hombres y comenzar inmediatamente a registrar quién tiene mejor cuerpo, quién parece recibir más atención, quién está vestido de determinada manera, quién conoce a todo el mundo y quién parece desenvolverse con una seguridad que ellos no sienten. El espacio que alguna vez imaginaron como el lugar donde finalmente dejarían de sentirse diferentes puede convertirse también en uno de los lugares donde más se comparan.
Esta experiencia no surge exclusivamente de las aplicaciones y sería demasiado simplista atribuírsela a ellas. Los seres humanos construimos jerarquías sociales en prácticamente todos los espacios que habitamos y la comunidad gay no es una excepción. Además, muchos de los estándares que circulan dentro de ella tienen una historia mucho más larga que Grindr. La valoración de determinados cuerpos, el rechazo hacia ciertas expresiones de género, el racismo, el edadismo y otras jerarquías de deseabilidad existían mucho antes de que pudiéramos conocer hombres según su distancia en metros. Las aplicaciones no inventaron esas dinámicas, aunque sí pueden volverlas extraordinariamente visibles y permitir que las experimentemos con una frecuencia que antes era difícil imaginar.
Lo que sí puede haber ocurrido es que muchos aprendiéramos muy temprano a aproximarnos a otros hombres gays sintiendo que estábamos siendo evaluados. Si una parte importante de nuestra primera socialización gay ocurrió mediante perfiles que podían ser elegidos o descartados rápidamente, no resulta tan extraño que posteriormente podamos entrar a otros espacios de la comunidad con una sensación parecida. En vez de experimentar solamente que estamos entre personas que comparten algo importante con nosotros, también podemos sentir que estamos presentándonos frente a ellas y que nuestra posición dependerá de qué tan bien cumplamos ciertos criterios.
Así aparece una forma bastante particular de inseguridad. Podemos haber pasado años queriendo encontrar personas como nosotros y, cuando finalmente las encontramos, descubrir que también son las personas frente a quienes sentimos mayor necesidad de demostrar que somos suficientemente atractivos, masculinos, interesantes, seguros, sociables o sexualmente deseables. La comunidad que esperábamos que nos permitiera descansar de la diferencia puede transformarse parcialmente en otro escenario de rendimiento.
Esto tampoco significa que exista una comunidad gay homogénea que imponga los mismos estándares sobre todos sus integrantes. De hecho, hablar de "la comunidad gay" como si fuera un único grupo ya es problemático, porque existen innumerables comunidades, subculturas, espacios y maneras de vivir la orientación sexual. Por eso, creo que la palabra correcta es "población gay", ya que "mi comunidad" no son todos los gays que existen en el mundo, mi comunidad son mis amigos cercanos. Pertenezco a una población, pero las comunidades son pequeñas porque comparten códigos y vínculos que es imposible compartir con cientos/miles de personas. Hay hombres que jamás han utilizado aplicaciones, otros que encuentran en ellas experiencias positivas y personas que construyeron amistades y relaciones muy significativas gracias a ellas. Precisamente por eso me parece más interesante pensar en estas ideas como preguntas sobre nuestra propia historia que como afirmaciones universales sobre cómo funcionan los hombres gays.
La pregunta no sería cuánto daño nos hizo Grindr, sino qué aprendimos sobre nosotros mismos mientras lo utilizábamos.
Las aplicaciones también nos dieron algo que necesitábamos
Sería fácil llegar hasta aquí y convertir a las aplicaciones en las villanas de esta historia. Podríamos decir que nos volvieron superficiales, destruyeron nuestra capacidad de conectar y transformaron las relaciones en un mercado donde todos somos reemplazables. No creo que esa lectura haga justicia a lo que realmente ocurrió y, sobre todo, borra una parte importante de la historia de muchas personas LGBTIQ+.
Las aplicaciones resolvieron un problema que durante décadas había sido tremendamente difícil para nosotros. Nos permitieron encontrarnos. Para alguien que vive en una ciudad pequeña, para una persona que todavía está en el clóset, para quien tiene ansiedad social o simplemente para alguien que no conoce espacios LGBTIQ+ en su entorno, saber que existen otras personas cerca puede seguir siendo una experiencia enormemente valiosa. De esas aplicaciones han surgido encuentros sexuales, pero no solo eso, también han surgido parejas, amistades, conversaciones importantes y experiencias que ayudaron a muchas personas a sentirse menos solas.
Por eso no creo que la respuesta sea mirar nuestro pasado y avergonzarnos de haber necesitado esos espacios. Quizás esa versión anterior tuya que revisaba perfiles escondido en su pieza estaba haciendo algo bastante importante. Estaba buscando referencias que no encontraba en otros lugares, intentando comprender su deseo y comprobando que existía una vida posible más allá del pequeño mundo que conocía. Si una aplicación fue capaz de ofrecerle esa primera ventana, podemos reconocer el valor que tuvo sin necesidad de idealizar todo lo que ocurrió dentro de ella.
El problema tampoco es que nuestra primera experiencia de pertenencia haya ocurrido a través de una pantalla. El problema aparece si, muchos años después, seguimos dependiendo principalmente de los mismos mecanismos para sentir que tenemos un lugar. Una aplicación puede ser uno de los espacios donde conocemos hombres, exploramos nuestra sexualidad o buscamos una relación, pero nuestra sensación de pertenencia necesita probablemente una estructura mucho más amplia. Grindr es una herramienta, no la respuesta.
El sentido de pertenencia requiere tiempo. La pertenencia necesita repetición, tiempo, experiencias compartidas y suficientes encuentros como para que una persona deje de ser solamente la impresión que nos produjo la primera vez. También requiere atravesar momentos poco interesantes, conversaciones que no siempre son extraordinarias y situaciones cotidianas en las que nadie está intentando impresionar a nadie.
Quizás por eso existe una diferencia tan grande entre saber dónde están los otros gays y sentir que encontramos a los nuestros. Lo segundo no se produce simplemente acumulando contactos. Aparece cuando construimos relaciones en las que algunas partes de nuestra experiencia pueden ser comprendidas sin demasiada explicación, pero donde tampoco estamos reducidos a nuestra orientación sexual. Son amistades en las que podemos hablar de Grindr, sexo, salir del clóset o discriminación cuando necesitamos hacerlo, pero también podemos pasar horas hablando de trabajo, familia, películas o cualquier otra cosa que forme parte de nuestra vida.
Hay algo particularmente importante en construir vínculos con otros hombres gays donde nuestra deseabilidad sexual sea irrelevante. Poder experimentar que otro hombre no siente ninguna atracción por nosotros y, aun así, quiere nuestra compañía, se preocupa por lo que nos ocurre y reserva un lugar para nosotros en su vida permite separar dos experiencias que quizás durante mucho tiempo estuvieron demasiado cerca. Una persona puede no elegirnos sexualmente y elegirnos profundamente como amigo. Puede no encontrar atractivo nuestro cuerpo y valorar enormemente nuestra presencia. Puede dejar de vernos como una posibilidad romántica y seguir queriendo que formemos parte de su vida.
Ahí aparece una forma de pertenencia bastante distinta de la que puede ofrecer un espacio organizado alrededor del deseo. En un vínculo suficientemente seguro no tenemos que estar disponibles, atractivos o interesantes todo el tiempo para conservar nuestro lugar. Podemos llegar cansados, inseguros, aburridos o atravesando una etapa en la que no tenemos demasiado que ofrecer y confiar en que la relación no desaparecerá inmediatamente por eso.
Ampliar nuestros lugares de pertenencia
Cuando se habla de mejorar nuestra relación con las aplicaciones, las recomendaciones suelen terminar rápidamente en utilizarlas menos, eliminarlas durante un tiempo o conocer personas "en la vida real". Me parece una respuesta demasiado simple. Alguien puede borrar todas las aplicaciones de su teléfono y seguir organizando su autoestima alrededor de la mirada de otros hombres. Del mismo modo, otra persona puede utilizar Grindr frecuentemente y tener una vida afectiva, social y comunitaria tremendamente rica fuera de la aplicación.
Quizás una pregunta más interesante es cuántos espacios tenemos actualmente donde podemos sentir pertenencia sin necesitar ser deseados. Para algunas personas será un grupo de amigos gays, para otras un deporte, una organización, un espacio cultural, un proyecto profesional o simplemente dos o tres amistades con quienes han construido suficiente intimidad. Tampoco tienen que ser espacios exclusivamente LGBTIQ+ ni necesitamos organizar toda nuestra vida alrededor de nuestra orientación sexual. Se trata más bien de ampliar las formas en que experimentamos comunidad para que ninguna de ellas cargue por sí sola con toda nuestra necesidad de pertenecer.
Una puerta que alguna vez necesitamos
A veces pienso en lo extraño que fue para mí y que debe haber sido para tantos otros gays abrir por primera vez una aplicación y descubrir un mapa lleno de hombres.
Detrás de muchas de esas primeras búsquedas había una pregunta bastante básica que quizás llevábamos años intentando responder. Queríamos saber dónde estaban los otros como nosotros y, por primera vez, una pantalla podía mostrarnos que estaban mucho más cerca de lo que habíamos imaginado.
Quizás esa fue la puerta que algunos necesitamos para entrar al mundo gay, y no hay nada de malo en reconocerlo. Lo importante es recordar que después de atravesar una puerta todavía queda mucho por construir.
Durante años, muchos hombres gays tuvimos que buscar activamente algo que otras personas podían dar por sentado. Tuvimos que descubrir dónde estaban los otros, aprender sus códigos y encontrar espacios donde una parte de nuestra identidad finalmente pudiera existir acompañada. Las aplicaciones hicieron posible una parte importante de ese encuentro y sería injusto negar el valor que tuvieron. Sin embargo, crecer también puede implicar reconocer que encontrar personas como nosotros fue solamente el comienzo.
La tarea posterior es bastante más lenta y probablemente mucho más difícil. Consiste en construir relaciones en las que ya no necesitemos preguntarnos constantemente si somos suficientemente deseables para merecer un lugar. Relaciones donde podamos experimentar que alguien puede conocernos, no elegirnos sexualmente, no impresionarse particularmente con nuestro cuerpo y aun así querer que sigamos formando parte de su vida. Quizás ahí la pertenencia empieza a adquirir una forma más segura, porque dejamos de necesitar que los otros como nosotros nos elijan para poder sentir que somos uno de ellos.
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