El mito del amor como premio de validación en el mundo LGBTIQ+

Hay una idea que la sociedad ha ido imponiendo en nuestro inconsciente colectivo y que tenemos muy internalizada. La idea de que tener pareja significa que estás bien, y no tenerla significa que algo en ti no está funcionando. Como si el amor fuera una especie de confirmación de valor personal o como si estar en una relación dijera algo importante sobre quién eres.

Esta forma de entender el amor no es casual. Está presente en cómo crecimos, en las historias que consumimos y en las conversaciones que escuchamos. Se instala de manera tan sutil que muchas veces no la vemos, pero sí la sentimos. Y cuando la sentimos, puede ser muy pesada, porque entonces el amor deja de ser solo una experiencia emocional y empieza a convertirse en una medida de validación.

Hay algo muy profundo en cómo aprendimos a entender el amor. Como si fuera una especie de premio. Como si llegar a tener pareja fuera la confirmación de que eres suficiente, atractivo, interesante y digno. Y si no lo tienes, entonces algo falta, algo no está funcionando o algo en ti no alcanza.

Crecimos viendo historias donde el amor es el final feliz. La mayoría de las películas terminan con un beso de amor o con una pareja reconciliándose luego del clímax de la discusión que casi los lleva a terminar. Cuando una película termina en que la pareja decide no seguir junta, nos parece bastante raro o lo percibimos como un final "inconcluso". Pareciera ser que existe una idea inconsciente a nivel social donde todo se ordena cuando aparece alguien que te elige. Donde el mensaje, una y otra vez, es que estar solo es una etapa temporal, casi un error que tarde o temprano debe corregirse. Y aunque racionalmente podamos cuestionarlo, emocionalmente muchas veces lo seguimos sintiendo.

Yo mismo lo he sentido. He tenido momentos en que mi cabeza empieza a hacer comparaciones. “Si esa persona pudo, ¿por qué yo no?”, “si todos parecen encontrar a alguien, ¿por qué a mí me cuesta?”, “¿será que hay algo en mí que espanta, que no engancha o que no está conectando?”. Y sin darme cuenta, paso de observar una situación externa a cuestionar mi valor personal.

Ahí es donde este mito se vuelve peligroso, porque deja de tratarse del amor y empieza a tratarse de identidad.

No tener pareja deja de ser simplemente una circunstancia, y pasa a convertirse en una especie de diagnóstico. Y eso lamentablemente duele porque pone mucho peso en un solo lugar, como si todo lo que eres pudiera resumirse en si alguien te elige o no.

Ahora, si miro esto con más distancia, me doy cuenta de que esta idea no aparece de la nada. Tiene una historia, un contexto y muchas capas. Y en el caso de las personas LGBTIQ+, esto suele ser aún más intenso.

Porque no solo crecimos con la idea de que el amor valida, sino que además muchas veces crecimos sintiendo que no éramos la opción “correcta” para amar. Que nuestro deseo era cuestionado, invisibilizado o directamente rechazado. Entonces, cuando finalmente entramos al mundo afectivo, muchas veces lo hacemos con una carga emocional distinta.

El amor no solo pasa a ser compañía, también pasa a ser reparación. Reparación de la idea de que no somos merecedores de amor solo porque amamos "diferente" a lo que se nos enseñó como modelo.

"Si alguien me elige, entonces todo lo que me hicieron sentir antes no era cierto”.

Y ahí el amor deja de ser verse como lo que es y se transforma en validación.

Eso hace que duela más cuando no ocurre. Hace que cada rechazo, cada cita fallida y cada ghosting que te hacen, no solo sean experiencias puntuales, sino que se conectan con algo más antiguo. Con esa herida de no haber sido elegido antes. Con esa sensación de ser “distinto”. Con esa duda que a veces todavía vive dentro: “¿será que realmente hay algo malo en mí?”.

De hecho, hay modelos en psicología, como el Modelo de Estrés de Minorías del que les he hablado otras veces, que explican justamente esto. Las personas LGBTIQ+ estamos más expuestas a experiencias de rechazo, discriminación o invisibilización a lo largo de la vida. Y eso no se queda solo en lo social, también impacta en cómo nos vemos a nosotros mismos, en cómo nos vinculamos y en cómo interpretamos lo que nos pasa.

Por eso, cuando una relación no resulta, muchas veces no lo vivimos solo como “no funcionó”, sino como una confirmación de que otra vez no fui suficiente.

Pero hay algo que me ha ayudado a empezar a desarmar este mito: Entender que el amor no es un premio. Y esto, aunque suene simple, a mí me costó mucho integrarlo.

Porque si el amor no es un premio, entonces tampoco es una medida de valor. No es una medalla que se gana por ser “suficientemente bueno”. No es una meta que, al alcanzarla, te valida como persona.

Es un encuentro. Un encuentro entre dos personas, dos corazones, dos historias, dos procesos y dos formas de ver el mundo. Un encuentro que depende de muchas variables, no solo de cuánto vales tú.

Durante 2 meses estuve cuestionándome qué había hecho mal luego de un ghosting que recibí de parte de alguien que me gustaba muchísimo. No lograba entender por qué lo había hecho y QUÉ DE MÍ había sido el problema. Luego de 2 meses, esta persona apareció para darme una explicación. Me comentó que se había alejado porque tenía miedo de que yo lo rechazara a él por temas personales que él estaba viviendo. Al final, la razón no tenía nada que ver conmigo, eran temas con los que él debía lidiar que le impedían poder estar preparado para vincular con alguien.

Pero mi pensamiento durante 2 meses fue que no fui suficiente.

Esa experiencia, si bien dolorosa, me llenó de un aprendizaje que agradezco profundamente. Cuando una relación no funciona no depende de que yo no valgo, sino que pueden existir muchísimas otras razones que no tienen nada que ver conmigo ni mi valor.

Y cuando empecé a ver esto así, dejé de poner todo el peso en mí. Dejo de pensar que si algo no resulta es porque yo estoy fallado. Empiezo a entender que hay compatibilidades, tiempos, contextos, heridas e historias distintas que también influyen.

Empiezo a salir de esa lógica tan injusta de evaluarme en base a si alguien me elige o no.

No tener pareja, cuando sí te gustaría tenerla, frustra.

La diferencia es desde dónde te lo dices. No es lo mismo pensar “no tengo pareja, algo anda mal conmigo” que pensar “no tengo pareja hoy, y eso no define quién soy”.

Puede parecer un cambio pequeño, pero emocionalmente es enorme. Porque en el primero te atacas, y en el otro te sostienes. En el primero dañas tu autoestima, y en el segundo la cuidas.

Te recomiendo que te ayudes ampliando tus fuentes de validación. Porque si toda tu sensación de valor está puesta en el amor romántico, vas a vivir en una montaña rusa constante. Dependerás de algo que no controlas completamente, que involucra a otra persona y que tiene tiempos propios.

Por ejemplo, yo me hice la siguiente pregunta: ¿en qué otros lugares puedo sentir que soy suficiente?

Y mi campo de posibilidades se abrió muchísimo: en mi trabajo, en los vínculos que sí tengo, en mis amistades, en mi capacidad de sostenerme en momentos difíciles, en mi perrito, en los espacios donde me siento yo, en las cosas que construyo, en mis espacios de autocuidado y de crecimiento personal.

Y no desde un lugar de reemplazar el amor de pareja, sino de dejar de ponerlo como el único lugar donde puedo sentirme validado.

Porque cuando el amor deja de ser la única fuente de validación, deja de ser una necesidad desesperada y empieza a convertirse en algo que se elige desde otro lugar. Un lugar más tranquilo, más conectado y mucho más sano.

A mí todavía me pasa que, en ciertos momentos, vuelvo a ese pensamiento inicial. A esa duda que pone en juego mi valor personal.

Pero ahora, al menos, la puedo mirar distinto. Ya no me la creo tan rápido.

Y eso, para mí, ya es un cambio enorme ❤️

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