Durante mucho tiempo pensé que el gran trabajo que teníamos que hacer las personas LGBTIQ+ era salir del clóset. Sentía que ahí estaba la meta. Como si todo el dolor, la confusión y la incomodidad interna se resolvieran en el momento en que uno lo dice en voz alta y deja de esconderse. Imaginaba que después de esa conversación con la familia, después de contárselo a los amigos, después de que el mundo supiera, vendría automáticamente una sensación de alivio permanente. "Ya está, ya me liberé, ahora sí puedo vivir tranquilo”.
Con los años me fui dando cuenta de que eso no siempre ocurre. De hecho, es imposible que ocurra.
He conocido personas que salieron del clóset hace muchísimo tiempo. Personas cuya orientación sexual es conocida por todos en su entorno. Personas visibles, abiertas, que incluso bromean con el tema y parecieran moverse con total naturalidad. Algunxs de ellxs, incluso activistas. Y aun así, por dentro, siguen sintiendo vergüenza, inseguridad, comparación constante o una especie de distancia emocional con lo que son.
También me ha pasado a mí. Alguien que salió del clóset hace 15 años. Alguien que desde el año 2018 que viene trabajando en ayudar a personas LGBTIQ+ en su propia autoaceptación. Alguien que capacita empresas en temáticas de diversidad, que fundó un centro de salud mental para personas LGBTIQ+, y que básicamente toda su vida laboral y mucha de su vida personal gira en torno a la diversidad.
Pero incluso con todo ese trabajo interno, he podido descubrir que todavía quedan capas más profundas por mirar.
Porque una cosa es que ya no odies tu orientación sexual, y otra muy distinta es que realmente te hayas aceptado.
Muchas personas creen que aceptarse significa simplemente no rechazarse. Es decir, no querer cambiar, no negar lo que eres, no sentir rabia por ser gay, lesbiana, bisexual o trans. Como si el mínimo fuera igual al máximo. Como si pasar de la guerra al silencio ya fuera sinónimo de paz. Pero no siempre es así. A veces uno deja de pelear consigo mismo, pero todavía no aprende a abrazarse.
No odiarte puede ser solo el fin del conflicto más evidente. Aceptarte implica empezar una relación amorosa contigo.
Y esto es importante decirlo, porque veo a muchas personas atrapadas en una idea que les impide seguir creciendo y alcanzar un mayor potencial de sí mismas. Piensan que como ya salieron del clóset, como ya nadie se sorprende con su orientación sexual, como ya no les genera un drama nombrarlo, entonces ya hicieron todo el trabajo interno que había que hacer. Sienten que cualquier malestar posterior no tiene relación con su historia como persona LGBTIQ+, cuando muchas veces sí la tiene.
Salir del clóset es un acto importante, sin duda. Para muchas personas es valiente, movilizador y profundamente transformador. Pero salir del clóset no borra automáticamente los mensajes que absorbiste durante años sobre lo que significaba ser diferente. No desarma por arte de magia el miedo aprendido a que tu forma de amar o de ser no es aceptada. No elimina de inmediato la vergüenza instalada en el cuerpo. No repara solo una autoestima que quizás creció sintiéndose menos válida que otras.
Ahí aparece algo fundamental de comprender: la homofobia internalizada.
La homofobia internalizada ocurre cuando los mensajes negativos que existen en la cultura respecto a la diversidad sexual dejan de estar solo afuera y pasan a vivir dentro de uno. Ya no necesitas que alguien te critique, porque una parte tuya aprendió a hacerlo sola. Ya no necesitas que alguien te excluya, porque a veces eres tú quien se excluye antes. Ya no necesitas que alguien te haga sentir menos, porque una voz interna aprendió ese idioma.
Y a veces puede ser mucho más sutil de lo que imaginamos, pero no por eso el impacto es menor.
Cuando escuchamos “homofobia internalizada”, muchas personas imaginan el caso más evidente. Alguien que dice “odio ser gay”, “ojalá no fuera así”, “esto está mal”, “quiero cambiar”. Esa forma existe, por supuesto. Es lo que se llama la "homofobia internalizada manifiesta", un tipo de homofobia internalizada muchísimo más visible, directa y autoflagelante. Suele suceder en las primeras etapas de reconocimiento de la propia orientación sexual o identidad de género diversas, cuando aún hay negación o ganas de no ser así.
Pero hay otra forma mucho más común y mucho más silenciosa: la homofobia internalizada sutil.
Es esa que no siempre se nota, pero condiciona muchas decisiones. Es la persona que dice estar bien con ser LGBTIQ+, pero jamás podría tomarse de la mano en público aunque esté en un lugar seguro. Es quien no tiene problema con su orientación sexual, siempre y cuando “no se le note” en (por ejemplo) su trabajo. Es quien dice apoyar a toda la comunidad, pero desprecia a quienes expresan feminidad, vulnerabilidad o libertad. Es quien busca una pareja, pero siente vergüenza de presentarla en ciertos espacios. Es quien se exige ser exitoso, perfecto o deseable para compensar una sensación inconsciente de inferioridad. Es quien necesita demostrar constantemente que “no es como el estereotipo”. Es incluso esa persona LGBTIQ+ que vota por candidatos presidenciales que rechazan abiertamente los derechos de personas LGBTIQ+, independientemente del partido político al que pertenezca ese candidato.
También puede aparecer como una incomodidad difícil de nombrar o incluso difícil de hacer consciente. Personas que se sienten tensas en espacios LGBTIQ+, que juzgan rápidamente a otros, que miran con dureza lo que en el fondo todavía no logran integrar de sí mismas. Personas que sienten rechazo hacia ciertos rasgos de la comunidad sin preguntarse si ese rechazo también toca heridas personales.
Y quiero ser claro con algo. Esto no significa que toda crítica hacia dinámicas de la comunidad sea homofobia internalizada. No se trata de patologizar cualquier diferencia de opinión. Se trata de mirar cuándo una reacción viene desde una reflexión genuina y cuándo viene desde una vergüenza no resuelta.
¿Por qué ocurre todo esto?
Porque crecimos en sociedades profundamente heteronormadas. Desde pequeños, muchas veces se nos enseñó que lo natural era gustar del sexo opuesto, formar cierto tipo de pareja, expresar el género de cierta manera, encajar en ciertos roles, etc. Las películas, los colegios, las conversaciones familiares, los chistes, la religión, los comentarios casuales y muchas experiencias cotidianas reforzaban esa idea una y otra vez. Algunos lo vivieron de forma brutal y otros de manera más sutil. Pero el mensaje estaba ahí, era el mismo: hay una forma correcta de ser, y cualquier desviación puede traer costo.
Cuando un niño o adolescente crece sintiendo que algo suyo podría decepcionar, incomodar o convertirlo en blanco de burla, aprende a protegerse. Lo hace escondiéndose, adaptándose, exagerando rasgos para parecer “normal” o alejándose emocionalmente de partes auténticas de sí mismo.
El problema es que esas estrategias pueden seguir activas en la adultez, cuando muchas veces ya no son necesarias.
Entonces aparece un adulto que salió del clóset hace años, pero todavía vive con reflejos emocionales antiguos. Se censura sin darse cuenta, se compara todo el tiempo, busca aprobación de manera obsesiva, siente que debe destacar para merecer amor, tolera vínculos mediocres, se siente incómodo con su propia sensibilidad o vive una sexualidad desconectada del afecto, porque la intimidad profunda aún le activa vergüenza.
Muchas veces la persona no entiende de dónde viene todo eso. Cree que simplemente “es así” o que tiene que ver con otro tipo de heridas de su historia personal. Pero en toda la experiencia clínica que he tenido con pacientes, te puedo asegurar que haber crecido como un niñx LGBTIQ+ en una sociedad heteronormada impacta tremendamente y te puede estar afectando hasta el día de hoy, incluso luego de años de haber salido del clóset.
El problema es que muchas personas van a terapia y los psicólogos no saben sobre esto, porque simplemente no se han formado en la atención competente hacia personas LGBTIQ+. Creen que deben atender a sus pacientes de la Comunidad del mismo modo que a sus pacientes heterosexuales, pero no es así. Porque obvian el estrés de minorías, la interseccionalidad y el entorno social (todo esto da para otro artículo).
Las consecuencias de vivir con homofobia internalizada sutil pueden ser enormes.
Una de ellas es la baja autoestima crónica, esa sensación de que siempre falta algo para sentirse suficiente. Lo que puede generar, por ejemplo, dependencia de validación externa. Necesitar cuerpos, likes, atención romántica, estatus o aprobación para sentir valor.
Además, tener homofobia internalizada sutil provoca dificultad para vincularse desde un lugar sano, porque cuando uno no se siente plenamente digno, suele aceptar menos de lo que merece.
También puede generar mucha ansiedad social. Especialmente en contextos donde uno siente que será evaluado por su apariencia, masculinidad, experiencia o capacidad de encajar. Veo mucho eso en hombres gays que quieren pertenecer, pero al mismo tiempo llegan a ciertos espacios sintiéndose pequeños, comparados o en deuda consigo mismos.
Otra consecuencia frecuente es la desconexión emocional. Personas que viven la sexualidad, las fiestas, las citas o la vida social, pero se sienten vacías después. Como si hubiera mucha actividad, pero poca intimidad real. Mucho movimiento externo y poca paz interna.
Y algo muy importante: la homofobia internalizada también puede verse en la discriminación dentro de la propia Comunidad. Cuando no he sanado ciertas heridas, a veces me vuelvo crítico, frío o cruel con quienes representan lo que yo todavía no me permito ser. Por eso algunas discriminaciones dentro de la propia comunidad tienen tanto dolor detrás. No nacen solo de la maldad, a veces nacen de heridas no elaboradas.
Entonces, ¿cómo reconocer si todavía hay algo de esto interfiriendo en tu autoaceptación?
Yo empezaría observando tus emociones cotidianas. ¿Te comparas constantemente con otras personas LGBTIQ+? ¿Sientes que nunca das el ancho para ser suficiente? ¿Te cuesta creer que alguien valioso podría elegirte de verdad? ¿Te avergüenza mostrar afecto aunque estés seguro? ¿Necesitas sobresalir para sentir que compensas algo? ¿Juzgas con dureza rasgos que tú mismo escondes? ¿Te cuesta relajarte cuando otros viven su identidad con libertad?
También miraría tu diálogo interno. ¿Te hablas con respeto o con exigencia permanente? ¿Sientes que debes probar tu valor? ¿Hay una parte tuya que todavía cree que ser quien eres te dejó en desventaja?
Y observaría tus decisiones amorosas. Muchas veces elegimos desde la autoestima que tenemos, no desde la que merecemos. Si una persona repite vínculos donde no la eligen, donde la esconden, donde no la valoran o donde todo es ambiguo, quizás no solo hay mala suerte. Quizás hay una historia interna pidiendo ser revisada.
La buena noticia es que esto se trabaja.
No estamos condenados a vivir con las creencias que heredamos. El cerebro cambia, el cuerpo aprende seguridad, la autoestima puede reconstruirse y la identidad puede dejar de vivirse como carga y empezar a sentirse como hogar.
Para eso sirve mucho cuestionar ideas antiguas. Preguntarte quién te enseñó que había algo malo en ti, mirar si esa voz sigue siendo válida hoy, rodearte de referentes sanos, buscar espacios donde no tengas que explicarte, permitir relaciones donde puedas ser visto de verdad, y muchas veces, hacer terapia para ordenar experiencias que dejaron huella más profunda de la que imaginabas.
A mí me gusta pensar que el orgullo no siempre empieza con banderas ni grandes declaraciones. A veces empieza justamente en lo sutil. Cuando ya no sientes que debes compensar nada, cuando te permites fluir en todos tus aspectos masculinos y femeninos, cuando puedes ser quién eres con tu familia, tus amigos y en tu trabajo, cuando puedes mirar tu historia con ternura y cuando entiendes que sobreviviste a contextos difíciles y que ahora mereces vivir distinto.
No odiar tu orientación sexual puede ser un primer paso importante. Pero no lo confundas con la meta final.
La meta no es solo dejar de rechazarte.
La meta es poder estar de tu lado, sentir que no hay nada vergonzoso en ti, vivir sin esa pelea interna que tantos normalizan, y que ser tú deje de sentirse como algo que toleras y empiece a sentirse como algo que honras.
Y créeme, cuando eso empieza a pasar, se nota en todo. En cómo amas, en cómo eliges, en cómo te mueves por el mundo, en cómo respiras y en la paz que sientes cuando ya no necesitas escapar de ti mismo ❤️
--
Si sientes que esto que leíste te está pasando, o que hay otros temas que te están removiendo y no sabes bien cómo abordarlos, te comentó que soy Fundador de PrideMe, un centro de salud mental que fundé hace algunos años en el que contamos con profesionales especialistas en personas LGBTIQ+. Aquí puedes encontrar un espacio terapéutico seguro, cercano y sin juicios para trabajar cualquier tema que desees en profundidad. Nuestro equipo está preparado para acompañarte en tu proceso, ayudarte a entender lo que sientes y entregarte herramientas concretas para avanzar hacia una vida más auténtica y en calma. Puedes agendar tu sesión haciendo click aquí :)
Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!
Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!
No te preocupes, tu información está segura conmigo :)
No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)