Nunca había sido tan fácil conocer otros gays, ¿por qué entonces nos sentimos tan solos? - La paradoja de tener cientos de opciones y no encontrar con quién construir un vínculo.

Nunca había sido tan fácil conocer gente. Basta con abrir una aplicación para encontrar decenas o cientos de hombres a pocos kilómetros de distancia. Podemos entrar a Instagram y descubrir personas con nuestros mismos intereses, empezar a hablar con alguien que vive al otro lado de la ciudad o del mundo, o llegar solos a un lugar nuevo y encontrar rápidamente espacios donde conocer a otras personas LGBTIQ+. Podemos tener matches mientras estamos acostados en nuestra cama, conversar simultáneamente con varias personas y saber, con bastante precisión, quiénes alrededor nuestro están buscando sexo, una cita, una relación o simplemente conocer gente.

Para quienes somos gays, esto es todavía más impresionante cuando pensamos en lo reciente que es. No necesitamos retroceder demasiadas generaciones para encontrar hombres que podían pasar años sin conocer abiertamente a otra persona gay. Encontrarse dependía muchas veces de determinados lugares, códigos, clandestinidades, círculos sociales o coincidencias. Incluso para quienes crecimos en una época bastante más abierta, probablemente recordamos una adolescencia en la que encontrar a alguien que nos gustara y que además fuera gay parecía estadísticamente improbable. Mientras nuestros compañeros heterosexuales podían enamorarse de alguien de su curso y asumir razonablemente que existía alguna posibilidad, nosotros primero teníamos que preguntarnos si ese hombre siquiera podía sentirse atraído por nosotros.

Y después llegamos a la adultez, sacamos el teléfono del bolsillo y encontramos cientos.

Deberíamos sentirnos menos solos que nunca. Pero no necesariamente está ocurriendo eso.

Esta es una contradicción que aparece cada vez más en conversaciones con hombres gays. Personas que tienen una vida social activa, que salen, que conocen gente, que tienen sexo, que reciben mensajes, que acumulan matches, que conversan con varias personas al mismo tiempo y que, aun así, sienten una soledad difícil de explicar. Porque cuando pensamos en alguien solo tendemos a imaginar a una persona aislada, sin amigos, sin citas y sin oportunidades para conocer a otros. Nos cuesta mucho más reconocer la soledad de alguien que tiene el teléfono lleno de notificaciones.

Quizás una parte del problema está en que hemos confundido acceso con conexión. Tener acceso a muchas personas no significa necesariamente sentirnos vinculados con ellas. Podemos conversar con veinte hombres diferentes durante una semana y sentir que ninguno sabe realmente cómo estamos. Podemos tener cientos de matches y no sentirnos importantes para nadie. Podemos salir todos los fines de semana y volver a nuestra casa con la sensación de que estuvimos rodeados de personas, pero profundamente solos. Podemos incluso tener una vida sexual muy activa y sentir una enorme ausencia de intimidad.

Porque la soledad no siempre aparece cuando faltan personas alrededor. A veces aparece cuando faltan lugares emocionales donde podemos descansar.

El problema radica en que nos estamos enfocando en "cuántas" oportunidades tenemos para conocer personas, y no en qué estamos haciendo con esas oportunidades y qué tipo de vínculos estamos construyendo a partir de ellas.

La abundancia tiene muchas ventajas. Las aplicaciones de citas y las redes sociales han permitido que millones de personas LGBTIQ+ encuentren parejas, amigos, sexo, comunidad y espacios de pertenencia que probablemente habrían sido mucho más difíciles de encontrar hace algunas décadas. Para alguien que vive en un lugar pequeño, que tiene intereses muy específicos o que simplemente no disfruta los espacios tradicionalmente asociados a la vida gay, internet puede ser una puerta enorme hacia otras personas que se parecen mucho más a él. Sería absurdo romantizar una época en la que teníamos menos posibilidades y asumir que necesariamente nos relacionábamos mejor.

Pero tener muchas opciones también modifica nuestra manera de mirar las opciones que tenemos.

Imagina que estás conociendo a alguien. Te parece atractivo, la conversación funciona, tienen algunas cosas en común y la primera cita estuvo bastante bien. No fue una experiencia cinematográfica, no llegaste a tu casa pensando que acababas de conocer al amor de tu vida, simplemente lo pasaste bien y te quedó curiosidad por volver a verlo.

Llegas a tu casa, te acuestas y abres una aplicación. Aparece alguien más atractivo. Después alguien que parece más divertido. Después alguien que tiene exactamente ese cuerpo que te gusta.

La persona con la que acabas de salir ya no está siendo evaluada solamente por lo que sentiste estando con ella. Está compitiendo con todas las personas que potencialmente podrías conocer. Y ahí aparece una pregunta que puede cambiar profundamente nuestra manera de relacionarnos. Dejamos de preguntarnos si queremos seguir conociendo a esta persona y empezamos, muchas veces sin darnos cuenta, a preguntarnos si esta es la mejor persona que podríamos conseguir.

El problema es que esa pregunta prácticamente no tiene respuesta. Siempre puede existir alguien más atractivo, más divertido, alguien con quien tengamos más cosas en común, alguien más inteligente, más cariñoso, más exitoso, más sexualmente compatible o simplemente más parecido a la fantasía que tenemos en nuestra cabeza. Cuando tenemos la sensación de que existen infinitas posibilidades, cualquier elección puede empezar a sentirse prematura.

¿Por qué quedarme aquí si quizás hay algo mejor?

Porque pensamos que las personas que todavía no conocemos tienen una ventaja enorme sobre aquellas que ya estamos conociendo: todavía pueden ser perfectas.

El hombre que aparece en una aplicación puede ser exactamente lo que imaginamos porque todavía sabemos muy poco de él. Vemos algunas fotos, una descripción, quizás su Instagram y unas pocas conversaciones. Todo lo demás lo completa nuestra imaginación. Podemos proyectar sobre esa persona nuestras expectativas, nuestros deseos y nuestras fantasías. Pero todavía no sabemos cómo maneja los conflictos, cómo responde cuando está frustrado, qué inseguridades tiene, cuánto nos gusta realmente conversar con él después de varias horas o qué aspectos de su personalidad eventualmente podrían irritarnos. Y... ¡Magia: eso se nos olvida! Porque para el cerebro es sumamente ventajoso olvidar que todos tenemos aspectos negativos.

Cuando conocemos de verdad a alguien empieza a ocurrir algo inevitable: aparecen todos sus colores. Descubrimos que tiene hábitos que no nos encantan, que a veces responde de una manera que nos molesta, que existen diferencias de opinión, que tiene inseguridades, que quizás no comparte alguno de nuestros intereses, que sexualmente hay cosas que requieren conversación, que tiene días en los que está cansado, ansioso, aburrido o simplemente menos interesante. Poco a poco deja de ser una posibilidad y empieza a convertirse en una persona real.

Entonces terminamos comparando a una persona real, compleja e imperfecta con cientos de personas que todavía existen principalmente en nuestra imaginación.

Es una competencia bastante injusta, y quizás por eso también nos hemos vuelto más rápidos para descartar.

No respondió exactamente como esperaba. No sentí suficiente química en la primera cita. Su forma de escribir me pareció un poco aburrida. No me gustó algo que publicó. Hay una característica física que no me encanta. Tenemos gustos musicales distintos. No sentí mariposas inmediatamente. Apareció una pequeña incomodidad y pensamos que probablemente significa que no somos compatibles.

Nada de esto significa que debamos conformarnos con relaciones que no queremos. Tampoco significa que tengamos que darle oportunidades infinitas a alguien que simplemente no nos interesa. Tener criterios, límites y preferencias es sano. El problema aparece cuando nuestra capacidad de descartar se vuelve mucho más rápida que nuestra capacidad de conocer. Porque conocer profundamente a alguien requiere tiempo, y el tiempo es justamente lo que la lógica de las opciones infinitas vuelve difícil de entregar.

Hay personas que nos impresionan inmediatamente y otras que se vuelven interesantes después de varias conversaciones. Hay atracciones que aparecen en segundos y otras que crecen cuando empezamos a sentir confianza. Hay vínculos que comienzan con una intensidad enorme y desaparecen rápidamente, mientras otros parten de manera bastante tranquila y terminan convirtiéndose en relaciones profundamente significativas.

Pero para descubrir cualquiera de esas cosas tenemos que permanecer el tiempo suficiente.

Esto puede ser especialmente interesante en hombres gays porque nuestra historia con la abundancia es extraña. Muchos crecimos experimentando exactamente lo contrario. Durante nuestra adolescencia quizás había muy pocos lugares donde explorar nuestro deseo. Podíamos pasar años enamorados de un compañero sin saber si era gay o podíamos sentir que éramos los únicos en nuestro colegio, nuestra familia o nuestro grupo de amigos. Mientras otras personas comenzaban a experimentar con el coqueteo, los primeros besos y las primeras relaciones, nosotros muchas veces observábamos desde afuera, esperando que llegara un momento futuro en el que finalmente pudiéramos vivir todo eso.

Durante años sentimos escasez, y después, casi de golpe, encontramos abundancia.

Descubrimos aplicaciones donde aparecen cientos de hombres, entramos a espacios gays donde podemos asumir que muchos podrían sentirse atraídos por nosotros, empezamos a recibir likes, mensajes, invitaciones y propuestas sexuales. Aquello que durante la adolescencia parecía casi imposible se vuelve accesible desde un teléfono. Es comprensible que queramos aprovecharlo.

 

Cuando estamos acostumbrados a evaluar permanentemente opciones, podemos empezar a mirar los vínculos con una mentalidad similar. Mientras todo funciona, permanecemos. Cuando aparece una dificultad, miramos nuevamente hacia afuera. No necesariamente porque queramos terminar esa relación, sino porque saber que existen otras posibilidades puede aliviar momentáneamente la incomodidad de enfrentar lo que está ocurriendo dentro de ella. Pero ningún vínculo humano puede competir indefinidamente con la promesa de algo mejor. En algún momento, construir intimidad implica dejar de evaluar solamente qué tan perfecta es la persona que tenemos enfrente y empezar a preguntarnos qué ocurre entre nosotros cuando ambos dejamos de intentar parecernos a nuestra mejor versión.

Eso requiere algo que puede resultar bastante difícil en un contexto de abundancia: elegir.

Elegir no significa decidir después de dos citas que estaremos toda la vida con alguien. Tampoco significa cerrar inmediatamente todas las aplicaciones ni comprometernos antes de sentirnos preparados. Elegir puede ser algo mucho más pequeño, como darle a una conversación suficiente atención para descubrir hacia dónde va, o volver a ver a alguien aunque la primera cita haya sido simplemente "buena", o permitir que una persona nos sorprenda antes de concluir que ya sabemos quién es.

Pero incluso esas pequeñas elecciones tienen un costo. Cuando elegimos una posibilidad, dejamos temporalmente otras afuera, porque toda elección implica alguna renuncia, y hay que aprender a aceptar y tolerar esas renuncias.

Mientras nos sentimos solos y seguimos buscando, todas las vidas posibles permanecen abiertas y "posibles". Todavía podemos imaginar al hombre que conoceremos mañana y que puede ser exactamente nuestro tipo, compartir nuestros intereses, tener una química sexual increíble y entendernos de una manera que nunca habíamos experimentado. Mientras esa persona no existe concretamente, tampoco puede decepcionarnos.

Cuando empezamos a construir algo con alguien real, tenemos que renunciar poco a poco a esa infinitud. No necesariamente para siempre, pero sí lo suficiente como para darle una oportunidad verdadera a aquello que estamos construyendo.

Una parte de madurar afectivamente consiste justamente en aprender a tolerar esa renuncia. Entender que elegir a alguien no significa descubrir una persona tan perfecta que todas las demás posibilidades dejan de existir. Seguiremos encontrando personas atractivas e interesantes y probablemente seguiremos preguntándonos ocasionalmente cómo habría sido nuestra vida tomando otras decisiones.

La seguridad absoluta que esperamos antes de involucrarnos quizás nunca llegue, porque elegir no consiste en encontrar una opción que elimine todas las demás. Consiste en decidir que algo que está ocurriendo aquí merece suficiente atención como para dejar de mirar constantemente hacia afuera.

 

Porque tener opciones es maravilloso. Para las personas LGBTIQ+, además, tenerlas representa una libertad que durante demasiado tiempo nos fue negada. No creo que debamos renunciar a ella ni mirar con nostalgia una época en la que conocer a otros como nosotros era mucho más difícil.

Pero quizás necesitamos aprender algo que nuestra tecnología todavía no puede resolver por nosotros: podemos aumentar infinitamente la cantidad de personas a las que tenemos acceso, pero no podemos acelerar el tiempo que necesita un vínculo para volverse significativo. Podemos encontrar cientos de perfiles en algunos segundos, pero seguiremos necesitando horas de conversación para conocer a alguien. Podemos tener sexo la misma noche en que conocemos a una persona, pero sentirnos emocionalmente seguros con ella puede tomar meses. 

Quizás esa sea la verdadera paradoja de nuestra época. Hemos conseguido reducir enormemente la distancia que existe entre nosotros y los demás, pero todavía no hemos encontrado ninguna tecnología capaz de reducir la distancia emocional que existe entre dos personas y que permita encontrarnos en nuestras vulnerabilidades.

Esa distancia se sigue recorriendo como siempre: con tiempo, curiosidad, vulnerabilidad, presencia y con pequeñas decepciones que somos capaces de conversar. Con momentos ordinarios que se repiten hasta empezar a significar algo, y con la capacidad de mirar a una persona real sin compararla permanentemente con todas las personas imaginarias que podrían estar esperándonos en otro lugar.

Quizás sentirnos menos solos no requiere que tengamos todavía más opciones. Quizás requiere que a algunas de esas opciones les dediquemos tiempo y tengan finalmente la oportunidad de dejar de ser opciones... para finalmente convertirse en vínculos.

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