Hoy quiero contar sobre una relación que tuve con una persona que quise mucho. Era un amigo con quien conversábamos, nos poníamos al día y, a veces, le contaba algo bueno que me estaba pasando. Puede ser que conocí a alguien que me gusta, que me invitaron a dar una charla importante, que un proyecto salió mejor de lo esperado o que simplemente me siento orgulloso de algo que logré después de mucho esfuerzo. Lo que uno esperaría en una amistad es sentir que esa alegría también encuentra un lugar en la otra persona. Sin embargo, no siempre ocurría. A veces la conversación cambiaba de dirección de forma casi imperceptible. Mi logro dejaba de ser el tema y aparecía el suyo, o surgía un comentario que le bajaba el perfil, o una aparecía una comparación que nadie pidió, o existía un silencio extraño que hacía sentir que compartir una buena noticia fue, de alguna manera, un error.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente había tenido mala suerte con algunas amistades. Me decía que existían personas más competitivas que otras y que no había mucho más que analizar. Pero mientras más he trabajado con hombres gays y mientras más conversaciones he tenido dentro de nuestra comunidad, más me doy cuenta de que esta sensación aparece con bastante frecuencia. Y no solo en amistades, sino que también en parejas.
No en todos los hombres gays, por supuesto. Sería profundamente injusto decir que los hombres gays somos competitivos por naturaleza. Tengo amigos que celebran cada uno de mis logros con una generosidad que todavía me emociona y que me recuerdan cómo debería sentirse una amistad sana. Sin embargo, también he visto suficientes historias como para pensar que detrás de esta competencia hay algo más profundo que un simple rasgo de personalidad.
Lo curioso es que muchas veces esta competencia ni siquiera es evidente. No es una pelea abierta ni una rivalidad declarada. Es mucho más silenciosa. Se expresa en pequeños gestos, en comentarios disfrazados de humor, en la necesidad constante de compararse o en esa sensación difícil de explicar de que uno nunca termina de relajarse del todo cuando está con ciertas personas. Es como si ambos estuvieran intentando demostrar algo sin decirlo explícitamente.
Con los años he llegado a pensar que esta competencia tiene muy poco que ver con el otro y muchísimo más con la historia que cada uno carga. Muchas veces creemos que competimos porque queremos ganar, pero yo ya no estoy tan seguro de eso. Creo que, en realidad, muchas personas compiten porque tienen miedo de perder un valor que nunca sintieron completamente asegurado.
Pienso mucho en cómo crecimos muchos hombres gays. Mientras otras personas atravesaban su adolescencia descubriendo quiénes eran con mayor tranquilidad, muchos de nosotros dedicábamos buena parte de nuestra energía a intentar que nadie descubriera quiénes éramos realmente. Aprendimos a observarnos constantemente, a controlar nuestros gestos, a medir nuestras palabras y a preguntarnos si había algo en nosotros que necesitábamos esconder para ser aceptados.
Esa forma de crecer deja huellas.
Cuando una persona pasa tantos años sintiendo que debe justificar su existencia, es bastante lógico que llegue a la adultez buscando pruebas permanentes de que ahora sí vale lo suficiente.
El problema es que esas pruebas nunca parecen alcanzar. Al principio uno cree que cuando tenga mejor cuerpo finalmente dejará de compararse. Después piensa que ocurrirá cuando tenga más dinero, cuando viaje más, cuando tenga un mejor trabajo o cuando reciba más validación en redes sociales. Después piensa que sucederá cuando encuentre pareja, pero ocurre que encontramos pareja y empezamos a competir inconscientemente con él también. Cada vez que se alcanza una meta aparece otra nueva. La sensación de insuficiencia simplemente cambia de disfraz.
Creo que ahí empieza a aparecer la competencia. No porque realmente queramos tener una vida "mejor" que la de nuestros amigos (¿"mejor" según qué medida?), sino porque, sin darnos cuenta, empezamos a utilizar sus vidas como una medida para evaluar la nuestra. Si un amigo recibe mucha atención, automáticamente nos preguntamos cuánta estamos recibiendo nosotros. Si alguien encuentra una relación bonita, empezamos a cuestionarnos por qué nosotros todavía no. Si otro avanza profesionalmente, sentimos que deberíamos estar avanzando al mismo ritmo. El problema nunca fue el logro del otro. El problema es la historia que mi cabeza construye a partir de ese logro.
Hay una diferencia enorme entre admirar a alguien y compararse con él. Cuando admiro a una persona, puedo alegrarme sinceramente por lo que consigue porque entiendo que su éxito no amenaza el mío. En cambio, cuando me comparo, todo lo que el otro gana parece convertirse automáticamente en una evidencia de lo que a mí me falta. La misma situación genera emociones completamente distintas dependiendo del lugar desde donde la miramos.
Creo que nuestra comunidad, además, tiene algunas características que favorecen este fenómeno. Durante mucho tiempo crecimos sintiendo que las oportunidades eran escasas. Escasos referentes, escasos espacios seguros, escasas posibilidades de enamorarse, escasos lugares donde conocer a otros hombres gays sin sentir miedo, etc. Aunque las cosas han cambiado muchísimo, muchas personas seguimos funcionando emocionalmente desde esa antigua sensación de escasez. Sin darnos cuenta, actuamos como si todavía existiera un número limitado de oportunidades para ser felices.
Cuando alguien vive desde esa lógica, el éxito ajeno comienza a sentirse como una amenaza. Si un amigo conoce a alguien maravilloso, pareciera que quedan menos personas disponibles para nosotros. Si otro empieza a destacar profesionalmente, sentimos que hay menos espacio para que nosotros también lo hagamos. Si alguien recibe mucha atención en un grupo, aparece la sensación de que inevitablemente alguien más tendrá que recibir menos. Es una forma de pensar que rara vez expresamos en voz alta porque incluso a nosotros mismos nos parece irracional. Sin embargo, las emociones no siempre obedecen a la lógica, suelen responder a heridas antiguas.
Poco a poco empezamos a trasladar esa lógica a nuestra vida cotidiana. Sin querer, también comenzamos a compararnos con nuestros amigos. ¿Quién tiene mejor cuerpo? ¿Quién recibe más mensajes? ¿Quién parece tener una vida más entretenida? ¿Quién viaja más? ¿Quién consigue pareja con mayor facilidad? ¿Quién tiene más seguidores? Son preguntas que muchas veces ni siquiera formulamos conscientemente, pero que permanecen funcionando en segundo plano y van moldeando la forma en que interpretamos nuestras relaciones.
Por otro lado, entre hombres gays suele haber una mayor coincidencia respecto de ciertos estándares de atractivo físico que en otros grupos. Evidentemente no todos tenemos los mismos gustos, pero sí existe una presión cultural bastante marcada hacia determinados modelos de belleza. Eso hace que, en algunos contextos, sintamos que estamos siendo evaluados bajo criterios muy similares y a la vez desde expectativas altísimas. Cuando además compartimos espacios sociales, aplicaciones de citas o círculos de amigos, es fácil empezar a sentir que todos estamos compitiendo por la misma atención, aunque nadie lo haya decidido conscientemente.
Lo triste es que esa competencia termina contaminando vínculos que podrían haber sido profundamente reparadores. Si algo necesitamos muchos hombres gays después de crecer sintiéndonos distintos, son amistades donde podamos descansar. Personas con quienes no sea necesario demostrar permanentemente cuánto valemos. Sin embargo, cuando la comparación entra en una amistad, ese descanso desaparece. Cada conversación comienza a sentirse como una evaluación silenciosa y cada encuentro deja un pequeño sabor a examen.
Yo mismo he caído muchas veces en esa trampa. Sería muy fácil escribir este artículo como si hablara únicamente de otras personas (o como de este amigo que les conté al principio), pero la verdad es que también me he descubierto comparándome. Hubo momentos en que miraba el crecimiento de otros creadores de contenido y me preguntaba por qué ellos avanzaban más rápido que yo. O veía a alguien con una relación estable y sentía que yo estaba llegando tarde. O veía a un amigo con un cuerpo que admiraba y automáticamente aparecía una sensación de insuficiencia que no tenía nada que ver con él. Él simplemente estaba viviendo su vida. Era yo quien estaba utilizando su historia para emitir un juicio sobre la mía.
Con el tiempo empecé a darme cuenta de algo que me cambió bastante la perspectiva: la comparación nunca termina porque siempre encuentra un nuevo motivo para seguir existiendo. Si hoy consigo aquello que tanto quería, mañana aparecerá otra persona que tendrá algo distinto que volverá a hacerme sentir insuficiente. La mente que necesita compararse siempre encontrará un nuevo ranking donde intentar ganar.
¿Qué pasaría si el éxito de otra persona no dijera absolutamente nada sobre mi propio valor? Parece una pregunta simple, pero para mí fue profundamente liberadora. Porque me permitió entender que durante muchos años había mezclado dos cosas que no tenían ninguna relación. El hecho de que otra persona brillara nunca significó que mi propia luz se estuviera apagando. Esa asociación existía únicamente dentro de mi cabeza.
Hoy, cuando un amigo logra algo importante, trato de detener esa primera reacción automática de comparación y recordar que las emociones iniciales no siempre representan lo que realmente pienso. A veces mi inseguridad habla primero. Si consigo darle unos segundos antes de reaccionar, normalmente aparece otra emoción mucho más auténtica, que es la alegría por alguien a quien quiero y admiro.
También he aprendido a observar con atención qué tipo de amistades construyo. Hoy valoro muchísimo a las personas que son capaces de celebrar sinceramente los logros ajenos. Me parece una cualidad mucho más importante de lo que antes imaginaba. Acompañar a alguien cuando está sufriendo requiere empatía, pero acompañarlo cuando le está yendo bien requiere una seguridad personal enorme. Solo quien no siente que el éxito del otro amenaza su propio valor puede celebrar sin reservas.
Y, al mismo tiempo, intento convertirme yo en esa clase de amigo. Ahora ya no le creo tan fácilmente a mis pensamientos iniciales porque entiendo que esa voz no está describiendo la realidad, está describiendo una herida que todavía sigue aprendiendo a sanar.
Creo que una de las formas más profundas de madurar dentro de nuestra comunidad consiste precisamente en dejar de vernos como rivales. Hemos pasado demasiados años sintiendo que había poco espacio para nosotros como para seguir quitándonos espacio entre nosotros mismos. Necesitamos más amistades donde el éxito de uno se convierta en una buena noticia para todos. Más relaciones donde no sea necesario competir para sentirse suficiente. Más personas que nos recuerden, con su forma de querernos, que el valor nunca estuvo en el cuerpo que tenemos, en la cantidad de hombres que nos desean, en los seguidores que acumulamos o en los logros que mostramos.
Ya no necesito demostrar que soy mejor que mis amigos para sentir que valgo. Me basta con saber que puedo caminar al lado de ellos, alegrarme sinceramente por sus triunfos y confiar en que la vida de otra persona nunca será la medida de la mía. Esa, al menos para mí, ha sido una de las formas más bonitas de empezar a sentirme realmente libre y realmente feliz. Te lo recomiendo <3
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