Cada vez que alguien habla sobre sexo entre hombres gays, pareciera que solo existen dos posiciones posibles. O lo condenas y terminas repitiendo los mismos prejuicios con los que muchos crecimos, o lo celebras sin detenerte a pensar que, como cualquier otra conducta humana, también puede responder a necesidades emocionales muy distintas. Yo no me siento cómodo en ninguno de esos extremos.
Y no creo que tener mucho sexo sea un problema, así como tampoco creo que tener poco sexo sea una virtud. No creo que exista una cantidad correcta de parejas sexuales, ni que una relación de pareja sea automáticamente una vida más sana que una vida sexual activa. Si hay algo que he aprendido trabajando con cientos de hombres gays, es que el bienestar nunca depende de una conducta aislada. Depende del lugar desde donde esa conducta nace.
Por eso, cuando un paciente me dice que tiene encuentros sexuales con mucha frecuencia, mi primera pregunta nunca es cuántas personas han pasado por su vida. Mi pregunta suele enfocarse en un aspecto mucho más profundo:
¿Qué estás buscando realmente cada vez que conoces a alguien?
Con el tiempo me he dado cuenta de que esa pregunta también me la he tenido que hacer a mí mismo. Porque, aunque durante años pensé que entendía perfectamente mis propias motivaciones, hubo momentos en los que empecé a sospechar que no siempre estaba buscando lo que creía estar buscando.
Recuerdo haber abierto Grindr algunas noches sin tener verdaderas ganas de acostarme con alguien. Ni siquiera tenía energía para salir de mi casa. Sin embargo, abría la aplicación igual. Miraba perfiles, respondía algunos mensajes, intercambiaba un par de fotografías y, muchas veces, después de unos minutos, cerraba el teléfono sin concretar absolutamente nada.
Durante mucho tiempo pensé que eso era simplemente aburrimiento. Después pensé que era una forma de procrastinar. Recién varios años más tarde empecé a preguntarme: Si ni siquiera quería tener un encuentro sexual, ¿qué estaba buscando ahí?
La respuesta fue difícil de aceptar porque no tenía que ver con el sexo. Lo que estaba buscando era sentirme elegido.
Necesitaba comprobar que todavía había alguien dispuesto a encontrarme atractivo. Que todavía despertaba interés, que todavía existía la posibilidad de que alguien me mirara y dijera "sí, contigo sí".
Y cuando aparecía ese mensaje, esa conversación o ese cumplido, sentía una tranquilidad muy difícil de explicar. Era una sensación agradable, pero también extraña, porque desaparecía sorprendentemente rápido. Al poco tiempo volvía a necesitar otra confirmación.
Esa experiencia me hizo entender que muchas veces creemos que estamos buscando deseo, cuando en realidad estamos buscando validación.
Y esas dos cosas, aunque desde afuera parezcan iguales, son completamente distintas.
Creo que este es uno de esos temas de los que hablamos muy poco dentro de la comunidad. Solemos conversar sobre aplicaciones, sobre relaciones abiertas, sobre monogamia y poligamia, sobre infidelidad, sobre fetiches o sobre libertad sexual. Pero pocas veces nos detenemos a pensar por qué algunas experiencias sexuales nos dejan una sensación de bienestar genuino y otras, en cambio, parecen aliviar algo durante unos minutos para después devolvernos exactamente al mismo lugar donde estábamos (o a otro incluso peor).
Para entender eso, no basta con mirar nuestra vida adulta. Hay que volver mucho más atrás, al momento en que aprendimos quiénes éramos.
Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que mi adolescencia fue muy distinta a la de la mayoría de mis compañeros heterosexuales. Mientras ellos empezaban a descubrir qué se sentía gustarle a alguien, yo estaba preocupado de que nadie descubriera quién me gustaba a mí. Mientras algunos vivían sus primeros coqueteos con cierta naturalidad, muchos de nosotros estábamos aprendiendo a controlar la forma en que hablábamos, la manera en que caminábamos, las palabras que usábamos o incluso hacia dónde dirigíamos la mirada.
Cuando uno crece sintiendo que hay una parte de sí mismo que podría ser motivo de burla, rechazo o violencia, empieza a desarrollar una capacidad enorme para esconderla. El problema es que esconder algo durante tantos años también tiene un costo, ya que poco a poco uno deja de preguntarse qué desea realmente y empieza a preguntarse qué necesita hacer para ser aceptado.
Porque una cosa es crecer sintiendo que tienes algo valioso para ofrecerle al mundo. Otra muy distinta es crecer creyendo que primero debes demostrar que eres suficientemente bueno para merecer un lugar en él.
Muchas veces pienso que esa sensación de insuficiencia se instala mucho antes de que tengamos nuestra primera experiencia sexual. No nace en Grindr, ni en un sauna, ni en la disco. Nace mucho antes. Nace cuando un niño empieza a sospechar que ser quien es podría alejarlo del cariño de las personas que más quiere.
Y cuando esa idea se instala tan temprano, suele acompañarnos durante muchos años, incluso cuando ya nadie nos está rechazando.
Por eso me cuesta tanto creer cuando alguien dice que los hombres gays tenemos mucho sexo simplemente porque "somos hombres y somos más calientes que los heteros". Spoiler: las investigaciones en sexualidad postulan que hombres y mujeres, gays y heteros, no tienen diferencias en cuanto el umbral sexual que pueden alcanzar. Que se haya asociado que los hombres "siempre están dispuestos porque son más calientes" es algo construido por la sociedad.
He conocido hombres que disfrutan profundamente una vida sexual muy activa y que la viven desde un lugar de libertad, coherencia y bienestar. También he conocido hombres que llevan meses sin tener relaciones sexuales y se sienten completamente tranquilos con eso. Ninguno de esos escenarios me preocupa.
Lo que sí me preocupa es cuando empiezo a escuchar frases como estas:
- "Cuando nadie me escribe, siento que algo anda mal conmigo."
- "Si llevo varias semanas sin acostarme con alguien, me empiezo a sentir feo."
- "Cuando un hombre deja de responderme, inmediatamente pienso que el problema soy yo."
Esas frases ya no hablan de sexo, hablan de autoestima.
Y ahí el problema deja de ser cuántas personas pasan por nuestra cama. El problema pasa a ser cuánto depende nuestro valor de que alguien quiera llegar hasta ella.
A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiese crecido sintiendo que era perfectamente querible desde el principio. Si es que se me hubiese permitido vivir mi identidad en todas sus formas: con mis gestos, mi voz aguda, mis intereses, mi gusto por los hombres, etc. Y lo triste es que nadie puede responderme una pregunta así. Pero sí tengo la impresión de que muchas de las inseguridades que cargué durante años no tenían tanto que ver con mi orientación sexual, sino con todo lo que aprendí sobre mí como consecuencia de haber crecido ocultándola.
Creo que muchos hombres gays pasamos gran parte de nuestra vida intentando responder una pregunta que nunca formulamos de manera explícita. Y no tiene tanto que ver con el atractivo, o con el cuerpo, con el desempeño sexual. La pregunta suele ser mucho más profunda que todo eso.
¿Hay algo en mí que haga que alguien pueda elegirme y quedarse?
Y cuando esa pregunta sigue sin encontrar una respuesta estable, cualquier demostración de deseo puede sentirse como un pequeño alivio. El problema es que los alivios momentáneos rara vez logran sanar heridas que llevan tantos años acompañándonos.
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