Hace algunos años pensaba que, si lograba verme de cierta manera, muchas de mis inseguridades desaparecerían. No era algo que me dijera explícitamente frente al espejo. Nunca pensé: “cuando tenga más músculo voy a ser feliz” o “cuando marque el abdomen finalmente me voy a querer”. Era algo mucho más sutil y más difícil de detectar. Existía una sensación permanente de que todavía me faltaba algo, como si estuviera a una mejora física de distancia de sentirme completamente seguro conmigo mismo. Como si cambiar mi cascarón significaría empezar, por fin, a sentirme mejor conmigo mismo.
Durante mucho tiempo perseguí esa sensación.
Entrené más, cuidé más mi alimentación, presté más atención a mi apariencia, y aunque muchas de esas cosas me hicieron bien, hubo algo que me costó entender.
El problema nunca estuvo realmente en mi cuerpo.
Porque si hubiera sido un problema físico, la sensación de insuficiencia habría desaparecido con cada avance. Sin embargo, ocurría exactamente lo contrario. Cada vez que alcanzaba una meta, aparecía una nueva. Cada vez que lograba sentirme cómodo con algo, surgía otra comparación. Era como correr detrás de una línea de llegada que se movía constantemente.
Con los años me he dado cuenta de que esta experiencia no es solamente mía. La he escuchado en pacientes, en amigos, en seguidores y en muchas conversaciones entre hombres gays. Hay algo en nuestra comunidad que parece generar una relación particularmente intensa con la apariencia física. No porque todos los hombres gays sean superficiales, como algunos estereotipos injustamente sugieren, sino porque para muchos de nosotros el atractivo físico termina convirtiéndose en algo mucho más importante que simplemente vernos bien.
A veces el cuerpo se transforma en una forma de buscar aceptación y en una manera de conseguir validación. Y en muchos casos termina funcionando como un intento de resolver una sensación de insuficiencia que comenzó mucho antes de que nos preocupáramos por nuestro aspecto.
Por eso, cuando pienso en este tema, ya no me interesa tanto preguntarme por qué algunos hombres gays quieren verse atractivos. Esa es una pregunta relativamente simple. Creo que la pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Por qué algunos hombres gays sienten que necesitan ser atractivos para sentirse valiosos?
Para responder esa pregunta, creo que es necesario retroceder varios años. Mucho antes de Grindr, mucho antes de Instagram, de los gimnasios, de las aplicaciones de citas o de las fotos sin camisa.
Hay que volver a cuando éramos niños. Porque si algo he aprendido trabajando con personas LGBTIQ+, es que muchas de nuestras inseguridades actuales no nacieron en la adultez. Simplemente encontraron nuevas formas de expresarse.
Cuando era niño, todavía no sabía que era gay. Sin embargo, sí sabía que era diferente, y que había ciertas cosas sobre mí que parecían generar incomodidad en los demás. Tal vez era mi sensibilidad, mi forma de expresarme, algunos intereses que no coincidían con lo que se esperaba de un niño o quién sabe qué más cosas. Cada persona tendrá su propia historia, pero muchas veces existe un patrón común.
La sensación de ser diferente aparece antes que la comprensión de la orientación sexual. Antes de decir “soy gay”, muchas personas ya sintieron que no encajaban.
Y cuando un niño percibe repetidamente que hay algo de él que no parece cumplir con las expectativas del entorno, comienza a vivir con esta pregunta en su cabeza:
“¿Qué tengo que hacer para ser aceptado?”
Esa pregunta puede acompañarnos durante años.
Esa pregunta, por lo tanto, nos lleva inconscientemente a buscar maneras para lograr la aceptación del resto, mediante actividades o características que sí son valoradas por la sociedad y que ayuden a compensar este "gran error" de ser gay. A veces toma la forma de perfeccionismo, otras veces aparece como necesidad de agradar, o intentando destacar académicamente o esforzándose por ser exitosos profesionalmente.
Pero también, y en muchos casos de hombres gays, termina depositándose en la apariencia física.
Es por eso que vemos a tanto hombre gay exitoso o a tanto hombre gay yendo al gimnasio buscando cuerpos hegemónicos. Buscamos validación desde aspectos que la sociedad sí valora para compensar esto que la sociedad nunca valoró.
No creo que sea casualidad .
Durante décadas, la masculinidad ha ocupado un lugar muy particular dentro de la cultura gay. Especialmente durante los años ochenta y noventa, la imagen del hombre gay deseable empezó a asociarse con cuerpos extremadamente trabajados, musculosos, fuertes y marcadamente masculinos. El ideal dejó de ser solamente ser hombre, ahora había que ser más hombre todavía. Se valoraba el uso del cuero en la vestimenta, el bigote, el bícep trabajado y las botas de militar.
Mirándolo con distancia, resulta bastante paradójico.
Muchos crecimos sintiéndonos excluidos por no encajar completamente en ciertos modelos de masculinidad. Sin embargo, al llegar a espacios gays descubrimos que esos mismos modelos seguían teniendo un enorme valor social.
No estoy diciendo que todos los hombres gays funcionen así. Evidentemente no. La comunidad es diversa y existen múltiples formas de belleza, expresión y deseo. Pero sí creo que existe una influencia cultural que vale la pena observar.
Porque cuando alguien ha crecido sintiéndose insuficiente, descubrir que existe una fórmula aparentemente clara para obtener validación puede resultar tremendamente seductor.
El mensaje parece simple: si eres suficientemente atractivo, serás deseado. Si eres deseado, serás valorado. Y si eres valorado, dejarás de sentirte insuficiente.
El problema es que esa ecuación rara vez funciona.
Porque el deseo y el valor personal son cosas completamente distintas. Que alguien quiera acostarse contigo no significa necesariamente que te vea. Que alguien te encuentre atractivo no significa necesariamente que te quiera. Y que muchas personas te validen físicamente no garantiza que tú aprendas a validarte a ti mismo.
De hecho, creo que una de las experiencias más desconcertantes para algunos hombres gays ocurre precisamente cuando logran aquello que llevaban años persiguiendo.
Conozco hombres objetivamente atractivos que siguen sintiéndose inseguros y vacíos. Hombres que reciben cientos de mensajes, cumplidos y atención en Instagram o en aplicaciones de citas, pero que continúan sintiendo que no son suficientes. Lo peor de todo: no se dan cuenta de ello. No se dan cuenta que son inseguros. Porque quieren contarse la historia de que "como consiguieron el cuerpo ideal" entonces se sienten bien consigo mismos.
Y sí, obviamente que muchos hombres hegemónicamente atractivos pueden, además, sentirse muy bien consigo mismos, porque han hecho un trabajo interno tan potente que les ha permitido trabajar su lado físico, emocional y espiritual. Pero esa no es la norma.
Y eso ocurre porque la insuficiencia rara vez nace en el espejo.
La insuficiencia suele nacer mucho antes y de manera mucho más profunda. Nace cuando aprendemos que ciertas partes de nosotros son difíciles de amar, cuando creemos que debemos ganarnos el derecho a pertenecer y cuando sentimos que nuestro valor depende de cumplir determinadas condiciones.
Por eso muchas veces el cuerpo termina cargando una responsabilidad imposible. Esperamos que nos entregue seguridad, aceptación, tranquilidad y que nos proteja del rechazo.
Pero ningún cuerpo puede hacer algo así. Porque el rechazo forma parte de la experiencia humana y porque la sensación de valor personal no puede depender exclusivamente de algo tan cambiante como la apariencia.
A medida que he ido creciendo, he comenzado a preguntarme algo diferente. Ya no me interesa tanto saber si me veo suficientemente atractivo, me interesa mucho más entender qué estoy buscando detrás de esa necesidad.
Porque cuando observo con honestidad mis propias inseguridades, muchas veces descubro que no solo estoy buscando "verme bien", estoy buscando sentir que soy suficiente tal como soy. Y esa diferencia cambia completamente la conversación. Porque cuando entendemos que el problema no es realmente el cuerpo, empezamos a mirar hacia el lugar donde probablemente siempre estuvo la herida.
No creo que la respuesta sea dejar de entrenar, dejar de cuidarse o dejar de querer sentirse atractivo. No hay nada malo en disfrutar la propia imagen. El problema aparece cuando nuestra autoestima queda completamente secuestrada por ella.
Porque si toda mi sensación de valor depende de sentirme atractivo, entonces mi autoestima se vuelve extraordinariamente frágil. Va a depender de cuántos mensajes recibo, de si alguien me responde o me deja en visto, de cuántos likes tiene una foto, de cómo me veo en una determinada iluminación, de si subí o bajé algunos kilos o de si la persona que me gusta me encuentra atractivo o no.
Y vivir así es agotador.
Es entregar el control de nuestro valor personal a variables que cambian constantemente y que muchas veces ni siquiera dependen de nosotros.
Creo que una parte importante de construir una autoestima más sólida consiste en empezar a ampliar las fuentes desde donde obtenemos valor. Cuando todo el valor está concentrado en la apariencia física, cualquier amenaza al cuerpo se transforma en una amenaza a nuestra identidad completa. En cambio, cuando también aprendemos a valorarnos por nuestra capacidad de amar, por nuestra sensibilidad, por nuestra inteligencia, por nuestra creatividad, por nuestra capacidad de construir vínculos, por nuestro sentido del humor o por nuestra resiliencia, comenzamos a construir una identidad mucho más estable.
Si una mesa tiene una sola pata, se cae. En cambio, si tiene cuatro patas, es mucho más difícil derribarla.
Muchas veces la autoestima de algunos hombres gays termina descansando sobre una única pata: el atractivo físico.
Y cuando eso ocurre, cualquier comparación duele demasiado. El paso del tiempo duele demasiado, el rechazo duele demasiado, las aplicaciones de citas duelen demasiado.
Porque no solo está en juego la apariencia, parece estar en juego nuestro valor completo como personas.
Parte del trabajo que he intentado hacer conmigo mismo ha consistido en recordar que soy mucho más que aquello que alguien puede ver en una fotografía. Que las personas que más han marcado mi vida no lo hicieron por tener el mejor cuerpo. Lo hicieron por cómo me hicieron sentir, por su capacidad de escuchar, por su valentía, por su autenticidad y por su forma de estar presentes.
Y cuando pienso en las personas que más admiro, me doy cuenta de algo parecido.
Rara vez las admiro por su físico. Las admiro por quiénes son.
Por eso creo que una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es esta: Si mañana dejara de ser considerado atractivo por los estándares actuales, ¿qué otras razones tendría para sentirme orgulloso de mí mismo?
Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!
Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!
No te preocupes, tu información está segura conmigo :)
No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)