Voy a partir diciendo algo que tenemos que tener clarísimo: el rechazo duele siempre. No importa de dónde venga. Pero hay un tipo de rechazo que, al menos para mí, cala más hondo. Es ese que viene desde tu propia comunidad. Desde el mismo lugar donde, en teoría, deberías sentirte a salvo.
Lo he visto muchas veces. En aplicaciones de citas, en fiestas, en comentarios en redes sociales, e incluso en espacios que dicen ser “seguros”. Y no siempre es un rechazo explícito, a veces es una mirada que te escanea de arriba abajo, una conversación que se apaga cuando dices a qué te dedicas, un silencio incómodo cuando tu cuerpo no encaja en cierto estándar, o esa sensación de que eres tolerado, pero no realmente deseado.
Crecer siendo LGBTIQ+ ya viene con una carga emocional importante. Muchos de nosotros aprendimos desde chicos que éramos “distintos”. Que había algo en nosotros que no estaba bien y que había que esconder, suavizar o adaptar. Aprendimos a leer el ambiente, a anticipar el rechazo, a cuidarnos y a protegernos del dolor. Entonces, cuando finalmente encuentras a tu gente, cuando llegas a la comunidad pensando “aquí sí puedo ser yo” y ahí también aparece el juicio, el golpe es doble.
No es solo rechazo. Es traición emocional. Lo que más duele no es que alguien no te elija, es sentir que incluso entre pares sigues sin pertenecer.
He escuchado esta frase cientos de veces en sesión: “Recibo más rechazo de los gays que de los heteros”. Y cada vez que alguien me lo dice, veo el mismo dolor en la cara. Porque surge de la sensación de que tienes que cumplir ciertos requisitos para ser válido dentro de tu propio grupo. Tener cierto cuerpo, cierto nivel socioeconómico, cierta forma de hablar, cierta estética, cierta masculinidad, cierta edad y cierta forma de vivir tu sexualidad.
Y si no cumples, quedas afuera.
Dentro de la comunidad existen muchas formas de rechazo. Algunas son evidentes, otras más sutiles, pero todas dejan huella. Está la gordofobia, que hace sentir invisibles a muchos cuerpos que no encajan en el ideal fitness. Está el clasismo, que se filtra en preguntas como “¿a qué colegio fuiste?” o “¿en qué barrio vives?”. Está el edadismo, que empieza a hacerte sentir descartable apenas pasas cierta edad. Está el racismo, la plumofobia, la serofobia. Está la idea de que hay formas “correctas” e “incorrectas” de ser gay, lesbiana, trans o bisexual.
La razón por la que surgen estos rechazos suele ser porque vienen de personas que también han sido heridas en el pasado.
Cuando el rechazo viene de afuera, del mundo heteronormado, uno ya lo espera. Ya tiene cierta coraza. Pero cuando viene desde adentro, desde quienes comparten tu identidad, tu experiencia, tu lucha, el sistema nervioso se desarma. Aparece la pregunta de “si ni siquiera aquí pertenezco, entonces ¿dónde?”
Y ahí se arma un círculo peligroso, porque empiezas a creer que el problema eres tú.
Empiezas a exigirte más, a ir más al gimnasio, a cambiar tu forma de hablar, a esconder partes de ti, a performar una versión más aceptable, a compararte todo el tiempo, a medir tu valor en likes, matches o invitaciones. Y sin darte cuenta, terminas reproduciendo el mismo sistema que te hiere.
Porque muchas veces, sin querer, terminamos haciendo lo mismo que nos hicieron.
Yo también he rechazado, yo también he dejado conversaciones en visto, yo también he juzgado cuerpos, yo también he elegido desde el miedo o desde el ego. No porque sea una mala persona, sino porque también crecí dentro de esta cultura. Porque también aprendí a protegerme, a elegir desde la escasez, y a buscar validación.
La herida no solo se recibe. También se transmite.
Y ahí es donde empieza el trabajo interno.
Para mí, cuando he recibido discriminación desde la misma comunidad (principalmente por el cuerpo que tenía antes o por mi pluma), el primer paso ha sido volver a mí cada vez que algo me duele.
He tenido que aprender a no tomar cada rechazo como una verdad sobre mí. Esto cuesta mucho, porque el cerebro rápidamente arma historias: “no soy atractivo”, “nadie me va a querer”, “siempre me pasa lo mismo”. Pero la mayoría de las veces, el rechazo habla más del otro que de ti. De sus miedos, de sus filtros y de su propio dolor.
Eso no quita que duela, pero sí evita que te defina.
Otra cosa que ha sido clave es revisar desde dónde me vinculo. Durante mucho tiempo busqué aprobación. Quería gustar, encajar y ser elegido. Y cuando entras a las relaciones desde ese lugar, quedas en una posición muy vulnerable, porque tu valor queda en manos del otro.
Hoy intento algo distinto. Intento elegir también. Preguntarme si esa persona realmente conecta conmigo, si me siento cómodo siendo yo y si estoy actuando desde mi autenticidad o desde el miedo.
Eso cambia radicalmente la experiencia.
También he aprendido a poner límites internos. A no exponerme constantemente a espacios que me hacen sentir pequeño, a filtrar el contenido que consumo, a dejar de seguir cuentas que solo refuerzan estándares imposibles, a buscar comunidad en lugares más amorosos y a rodearme de personas con profundidad emocional, no solo con buen físico.
Y quizás lo más importante: he tenido que trabajar la compasión. Hacia mí, primero. Y luego hacia los demás.
Porque detrás del rechazo casi siempre hay dolor. El gay que discrimina cuerpos probablemente creció sintiendo vergüenza del suyo. El que solo valida cierto estatus social probablemente aprendió que su valor depende de eso. El que es cruel muchas veces está profundamente desconectado de sí mismo.
Eso no justifica el daño. Pero lo explica.
Y entenderlo me ha permitido no endurecerme del todo.
Existe un camino donde puedes dejar de mendigar validación. Donde empiezas a construir una relación más sólida contigo, donde eliges vínculos que te vean completo, donde no necesitas convertirte en otra persona para ser amado y donde puedes sanar sin dejar de ser quien eres.
No es rápido y no es fácil, pero es tener la conciencia de no escoger desde la herida sino desde el amor propio.
Y desde ahí, poco a poco, también se transforma la forma en que habitamos la comunidad. Porque la comunidad no es tóxica, solo hay espacios tóxicos dentro de la comunidad. Pero también hay espacios seguros y sí se pueden encontrar.
Porque cuando tú dejas de tratarte como descartable, el mundo empieza a sentirse distinto. Te rodeas de personas que te hacen sentir importante y suficiente.
Porque bueno, lo eres <3.
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