¿Por qué en Grindr me siento seguro, pero en las fiestas gay me siento invisible?

Hay algo que siempre me ha llamado la atención en terapia. En toda mi experiencia con hombres gays, he conocido a muchos que se autodefinen como "tímidos" o "introvertidos" pero que, cuando hablan conmigo, realmente no parecen serlo. Son hombres que tranquilamente pueden iniciar conversaciones con total naturalidad por Grindr o Instagram, son capaces de enviar el primer mensaje, coquetear, hacer bromas, incluso decirle a alguien que les parece atractivo sin sentir demasiada ansiedad. Y esto lo sé porque muchos de ellos, con total confianza hacia mí (de la que siempre estaré agradecido), me leen sus conversaciones con otros chicos.

Sin embargo, cuando se encuentran en una fiesta, un bar o cualquier otro espacio donde tienen a un chico que les gusta frente a ellos, ocurre algo completamente distinto. Miran un segundo, desvían la vista, esperan que el otro dé el primer paso o, simplemente, se convencen de que no vale la pena intentarlo. Al volver a la casa sienten frustración y se preguntan por qué no fueron capaces de hacer algo que, detrás de una pantalla, parece tan sencillo.

Durante mucho tiempo pensé que esto tenía que ver únicamente con la timidez, pero después de escuchar cientos de historias, creo que la explicación es bastante más profunda. En realidad, muchas veces no se trata de que seas una persona tímida necesariamente, se trata de que el contexto cambia por completo la forma en que tu cerebro interpreta el riesgo.

Cuando estamos en Grindr tenemos una sensación de control enorme. Podemos elegir la foto que queremos mostrar, podemos pensar durante cinco minutos antes de responder un mensaje, si alguien nos deja de hablar, podemos cerrar la aplicación. Si sentimos vergüenza, basta con dejar el teléfono sobre la mesa y hacer otra cosa. Incluso el rechazo ocurre a una distancia emocional mucho mayor. Puede doler, claro, pero rara vez se siente tan intenso como cuando alguien nos mira a los ojos y decide no responder al interés que mostramos.

En una fiesta ocurre exactamente lo contrario. No puedes editar tus palabras, no puedes borrar una frase que salió mal, no puedes desaparecer si la conversación se pone incómoda. Tu cuerpo, tu voz y tu expresión facial están ahí. Todo sucede en tiempo real. Y eso hace que muchas personas no sientan que están arriesgando solamente una conversación, sino que están exponiendo una parte mucho más profunda de sí mismas.

Por eso me hace ruido cuando alguien dice simplemente "es que soy malo para conocer gente". Esa explicación suele quedarse demasiado corta. Porque si realmente fueras malo para conocer personas, también te costaría escribir por redes sociales. Sin embargo, muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Ahí eres divertido, seguro, coqueto, espontáneo. Y eso significa que la capacidad existe, lo que cambia es el nivel de vulnerabilidad que implica cada escenario.

Creo que aquí hay una diferencia importante que pocas veces conversamos. No es lo mismo exponerse que sentirse expuesto. En Grindr tú eliges cuánto mostrar y cuándo mostrarlo. En una fiesta, en cambio, sientes que eres tú quien está siendo observado. No solo piensas en acercarte a alguien, también piensas en cómo te ves, quién podría estar mirando, qué pasa si el otro no responde, qué pensarán tus amigos si te rechazan. "¿Esa mirada fue de casualidad, o porque yo también le gusto?". "¿Y si hago todo el esfuerzo de ir y acercarme a él, pero no quiere bailar conmigo?". En pocos segundos aparecen decenas de escenarios posibles y tu cuerpo interpreta que hay demasiado en juego.

Y ahí ocurre algo muy interesante. Muchas personas creen que lo que sienten es miedo al rechazo. Yo no estoy tan seguro de que esa sea la mejor forma de describirlo. Creo que, muchas veces, lo que realmente aparece es miedo a la vulnerabilidad.

Parece un detalle, pero cambia completamente la manera de entender el problema. El rechazo ocurre después de acercarte, en cambio la vulnerabilidad empieza mucho antes.

Empieza en el momento en que decides caminar hacia alguien, cuando sostienes una mirada unos segundos más, cuando sonríes esperando que la otra persona también sonría, cuando aceptas la posibilidad de que algo importante para ti no resulte como esperabas, etc.

Si el problema fuera únicamente el rechazo, cualquier experiencia positiva bastaría para solucionarlo. Bastaría con que una vez alguien te dijera que sí, pero muchas personas viven exactamente lo contrario. Les resulta bien una conversación, conocen a alguien, incluso tienen una buena cita, y aun así la siguiente vez vuelven a sentir la misma ansiedad. Eso nos dice que el problema no estaba en el resultado, sino en la sensación de exponerse.

Por eso hay personas que sienten un nudo en el pecho antes de hablar con alguien atractivo, otras sienten calor, les cuesta respirar o notan que el corazón se acelera. Y en realidad no tiene tanto que ver con el otro (si es muy atractivo, si es famoso, si tiene muchos amigos, o lo que sea), sino que tiene más que ver con que su sistema nervioso aprendió hace muchos años que exponerse podía ser peligroso.

Y aquí aparece una paradoja muy propia de nuestra comunidad.

Muchos hombres gays tienen una vida sexual relativamente activa, pero una vida emocional profundamente solitaria. Pueden tener sexo con personas distintas y, aun así, sentirse incapaces de acercarse genuinamente a alguien que les interesa. No porque no quieran una relación, sino porque el camino hacia esa relación exige un nivel de vulnerabilidad que todavía no saben sostener.

Es curioso cómo, a veces, resulta más fácil desnudarse físicamente que emocionalmente.

Podemos compartir una cama con alguien a quien conocemos hace dos horas y, sin embargo, sentir un terror enorme frente a la idea de invitarlo a tomar un café para conocernos de verdad.

Quizás por eso una de las preguntas más importantes no es "¿cómo puedo tener más confianza?". Tal vez la pregunta correcta sea otra:

¿Cuánta vulnerabilidad soy capaz de tolerar sin escapar?

Porque la confianza no suele aparecer antes de actuar. La mayoría de las veces aparece después. Después de comprobar que sobreviviste a una conversación incómoda, después de descubrir que un rechazo duele menos de lo que imaginabas o después de darte cuenta de que tu valor no cambia porque alguien no quiera conocerte.

Con el tiempo he llegado a pensar que muchas personas no necesitan aprender a ser más sociables. Necesitan desaprender la idea de que acercarse a alguien es peligroso. Son dos objetivos completamente distintos. El primero intenta agregar habilidades nuevas, en cambio el otro intenta soltar una forma de protegerse que probablemente fue muy útil en algún momento de la vida, pero que hoy ya no cumple la misma función.

Si alguna vez te has sentido seguro en Grindr, pero invisible en una fiesta gay, no asumas inmediatamente que el problema es tu personalidad. Tampoco concluyas que no sabes relacionarte o que naciste siendo demasiado tímido. A veces, lo único que está ocurriendo es que tu cuerpo sigue intentando proteger a una versión mucho más joven de ti. Una versión que aprendió que mostrarse podía ser peligroso y que todavía no ha descubierto que hoy vive en un contexto diferente.

Sanar no siempre consiste en convertirte en la persona más extrovertida de la fiesta. Muchas veces consiste, simplemente, en dejar de vivir como si cada conversación fuera una amenaza. Porque cuando eso empieza a cambiar, no solo cambian tus posibilidades de conocer a alguien, cambia también la forma en que te relacionas contigo mismo :)

Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!

Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!

No te preocupes, tu información está segura conmigo :)

No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)