Probablemente te ha ocurrido que estás en un lugar lleno de personas gays, rodeado de gente que, en teoría, comparte algo importante contigo, y aun así te sientes solo. Es una soledad en comunidad, más bien una sensación interna de no estar conectando de verdad. Como si estuvieras en el lugar donde “deberías” sentir pertenencia, pero algo no termina de calzar.
Durante mucho tiempo quizás pensaste que el problema eras tú. Que tal vez no eres lo suficientemente interesante, lo suficientemente sociable o lo suficientemente atractivo para encajar. Pero con el tiempo, si te detienes a mirar con mayor detenimiento, empiezas a darte cuenta de que esto no es solo algo personal. Hay algo más profundo que atraviesa la experiencia de muchos hombres gays cuando intentan construir amistades dentro de su propia comunidad.
Hacer amigos en la adultez ya es difícil. A diferencia de cuando eras niño o adolescente, donde la amistad se daba de forma mucho más espontánea, en la adultez todo parece más estructurado. Ya no basta con coincidir en un espacio para poder hacer amigos, ahora también evalúas estilos de vida, intereses, valores, energía, disponibilidad emocional, etc. Y cuando a eso le sumas la historia que muchas personas LGBTIQ+ traen consigo, el proceso se vuelve aún más complejo.
Porque no llegas a esos espacios siendo neutral. Llegas con historia, con inseguridades, con heridas, comparaciones, miedo al rechazo, y con una necesidad, a veces muy sutil, de ser validado por otros que son como tú. Y cuando esa validación no ocurre, o sientes que no ocurre, el golpe puede ser incluso más fuerte.
Algo que suele pasar es la dificultad para entrar en ciertos círculos gays que parecen muy cerrados. Grupos que ya están formados, donde las dinámicas están establecidas, donde hay códigos implícitos que no siempre son fáciles de leer desde afuera. Y no es que esas personas necesariamente quieran excluirte de manera consciente, pero muchas veces hay una especie de protección del grupo. Como si abrirse a alguien nuevo implicara un riesgo.
Y si lo miras más profundamente, tiene sentido. Muchas personas gays crecieron sintiéndose excluidas en otros espacios. Aprendieron, muchas veces desde muy temprano, que pertenecer no era algo garantizado. Entonces, cuando finalmente encuentran un grupo donde se sienten cómodos, donde pueden ser ellos mismos sin filtro, es natural que quieran proteger ese espacio. El problema es que, sin darse cuenta, pueden replicar la misma exclusión que tanto les dolió en algún momento.
También existe la discriminación dentro de la propia comunidad, y eso es una realidad. Se expresa en preferencias, en estándares, en jerarquías implícitas sobre el cuerpo, la masculinidad, la edad, el estilo de vida, la clase social, etc. Y aunque muchas veces se justifica como “gustos personales”, el impacto emocional puede ser profundo. Porque cuando sientes que no encajas en esos estándares, no solo te enfrentas al rechazo de un otro, sino que también se activa algo más interno. “¿Por qué ni siquiera aquí logro pertenecer?”. Y esa pregunta, cuando se repite, puede empezar a instalar la idea de que hay algo defectuoso en ti. Que incluso dentro de tu propia comunidad hay un lugar al que no tienes acceso.
Y en medio de todo eso, aparece otra dificultad que probablemente también has vivido: la línea difusa entre amistad y sexualidad. Muchas veces, los espacios donde conoces a otros gays están altamente sexualizados. Aplicaciones, fiestas, Instagram, contextos donde el primer filtro no es quién eres, sino cómo te ves o qué tan deseable resultas. Y no tiene nada de malo el deseo, pero cuando ese es el canal principal de conexión, se vuelve difícil construir vínculos que no pasen por ahí. Puede que te haya pasado conocer a alguien con quien genuinamente te gustaría tener una amistad, pero la interacción rápidamente se mueve hacia lo sexual. Y si tú no quieres eso, o no en ese momento, el vínculo se cae. Como si la amistad no fuera suficiente motivo para sostener el interés.
Eso genera una especie de desgaste. Porque empiezas a preguntarte si es posible, realmente, construir amistades dentro de la comunidad sin que haya una expectativa sexual de por medio. Y cuando esa experiencia se repite varias veces, puede aparecer una sensación de resignación. Como si la única forma de vincularse fuera esa, aunque no sea lo que realmente estás buscando.
También puede pasarte, o quizás te ha pasado, que no estás tan interesado en tener amigos gays. Y eso, aunque a veces genere culpa o confusión, también tiene sentido. Para algunas personas, relacionarse con otros gays activa comparaciones constantes o inseguridades respecto al cuerpo, al éxito y a la vida social. Para otras, puede conectar con experiencias previas de rechazo o de juicio dentro de la comunidad. Y entonces, alejarse se vuelve una forma de protegerse.
El problema es que esa distancia también tiene un costo. Porque no tener amigos gays puede significar perder un tipo de conexión muy particular. Una conexión donde no tienes que explicar tanto, donde hay experiencias compartidas, códigos comunes, historias que se entienden casi sin palabras y sentires que solo las personas LGBTIQ+ sentimos. Y cuando eso no está, puede activar una sensación de vacío en ti.
Es una paradoja bien fuerte. Por un lado, necesitas esa conexión, pero por otro, acercarte puede ser incómodo, desafiante, e incluso doloroso. Y entonces quedas en un punto intermedio, donde no te sientes completamente parte, pero tampoco completamente fuera.
Salir de ese lugar no es inmediato, pero sí es posible empezar a moverte distinto dentro de él. Algo que puede ayudarte es dejar de preguntarte únicamente “qué me falta a mí” y empezar a preguntarte también qué tipo de espacios estás buscando y desde dónde te estás vinculando.
Porque construir amistades, también dentro de la comunidad, requiere intención. Requiere tiempo, tolerar cierta incomodidad inicial, abrirte, mostrarte y exponerte emocionalmente. Y eso, por supuesto, que implica cierto riesgo. Pero también implica elegir mejor los espacios donde te mueves.
No todos los espacios gays son iguales. Hay algunos más centrados en lo superficial, pero otros más abiertos a la conexión emocional. Hay espacios donde el cuerpo y la apariencia son el eje, y otros donde lo que se valora es la conversación, la autenticidad y la historia de cada uno. Y encontrar esos espacios, aunque a veces tome tiempo, hace una diferencia enorme.
También puede ser importante revisar desde dónde te estás vinculando. Si te acercas a otros desde la comparación, desde la inseguridad, o desde la necesidad urgente de ser validado, es muy probable que eso se note. Y no porque los demás te rechacen activamente, sino porque la conexión se vuelve más tensa, menos genuina. En cambio, cuando logras pararte desde un lugar más honesto, más conectado contigo, más dispuesto a conocer al otro sin ponerte inmediatamente en un lugar de evaluación, las cosas empiezan a cambiar. No ocurre de manera inmediata, pero sí de manera más sostenida.
Y quizás lo más importante es entender que construir amistades profundas no es algo que pase de un día para otro. No es automático ni inmediato. Es un proceso. Uno que requiere repetición, presencia y apertura. Y también tolerar que no todas las personas con las que te cruzas van a ser tus amigos, y que eso está bien.
Si hay algo que vale la pena que te lleves de todo esto, es que si te has sentido solo dentro de la comunidad no significa que haya algo malo en ti. Muchas veces, lo que estás sintiendo es el resultado de dinámicas más amplias, de historias compartidas, de formas de vincularnos que todavía estamos aprendiendo a transformar.
La buena noticia es que sí es posible construir amistades reales, profundas y significativas con otros gays. Pero no siempre va a ocurrir en los lugares más evidentes ni de las formas más inmediatas. Requiere fortalecer y nutrir la paciencia. Implica moverte en distintos espacios y evaluar en cuáles te sientes cómodo y en cuáles no.
Y siempre, siempre, mirándote con compasión.
No te rindas con la idea de que la conexión es posible. Porque sí lo es, incluso si hasta ahora no ha resultado como esperabas. No necesitas convertirte en alguien distinto para poder pertenecer, sino de encontrar espacios donde puedas ser tú sin tener que forzarte. Las amistades que realmente valen la pena no se construyen desde la exigencia ni desde la apariencia, sino desde pequeños momentos de verdad compartida, desde conversaciones que se sienten livianas, y desde la tranquilidad de no tener que demostrar nada. Y aunque a veces parezca que no llegan, eso no significa que no existan, sino que quizás aún no has coincidido con las personas correctas en el momento adecuado. Confía en que tu forma de ser y de vincularte, tal como es hoy, tiene un lugar donde sí encaja.
Porque la conexión que estás buscando también te está buscando a ti ❤️
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