Salir del clóset es una cosa, pero lo que viene después es otra historia completamente distinta.
Durante mucho tiempo creí —y creo que muchos de nosotros lo creemos— que salir del clóset era el gran hito. El momento bisagra. Un antes y un después que iba a mejorarlo todo, como si decirlo en voz alta, nombrarlo, admitirlo frente a otros, fuera automáticamente sinónimo de libertad, calma y coherencia interna. Como si después de ese momento todo se ordenara solo.
Pero para muchos no fue así, y creo que esto es algo que no se dice tanto. Muchas personas LGBTI+ nos sentimos profundamente perdidas después de salir del clóset. Y no porque haya algo malo en nosotros, sino precisamente porque salir del clóset remueve estructuras internas que llevaban años —a veces décadas— sosteniéndose como podían. A mí me pasó y lo veo todos los días en consulta.
Salir del clóset no es el final del proceso, es apenas el inicio de otro mucho más complejo. Es como abrir una puerta que estuvo cerrada durante años y encontrarte con una casa entera que nunca terminaste de recorrer. Habitaciones sin amoblar, espacios oscuros y rincones que evitaste mirar porque no era seguro hacerlo antes.
Durante años, antes de salir del clóset, nuestra energía psíquica está puesta en sobrevivir. En adaptarnos, en encajar, en no desentonar demasiado. En leer el entorno todo el tiempo para saber qué mostrar y qué esconder. Aprendemos, casi sin darnos cuenta, a vivir fragmentados: una parte de nosotros visible y otra cuidadosamente oculta.
Entonces, cuando finalmente salimos del clóset, algo se cae.
A nivel psicológico, salir del clóset implica un reordenamiento profundo de la identidad. Es decirle al mundo algo que muchas veces nosotros mismos apenas estábamos aprendiendo a aceptar. Y aunque haya alivio, también hay vértigo. Porque se desarma una estructura conocida —aunque dolorosa— y todavía no hay una nueva completamente construida.
Por eso es tan común esta sensación de estar perdidos.
Es una experiencia contradictoria. Por un lado, me siento más libre porque ya no tengo que mentir, esconderme o actuar tanto, pero por otro, no logro sentir una libertad interior real. Sigo con miedo, sigo comparándome, sigo buscando validación, sigo sin saber bien quién soy ahora que ya no estoy definiéndome solo en oposición a lo que se esperaba de mí.
Escucho frases como estas todos los días: “Pensé que después de salir del clóset iba a estar mejor… y no sé por qué me siento tan desorientado”.
Y tiene sentido. Porque durante mucho tiempo nuestra identidad estuvo organizada en torno a lo que no podíamos ser. A lo que había que reprimir. A lo que había que postergar. Cuando eso se libera, aparece una pregunta incómoda pero inevitable:
“¿Y ahora quién soy?”
Aquí aparece algo que a mí me hace mucho sentido y que veo repetirse una y otra vez: la llamada “segunda adolescencia”.
Somos adultos, con responsabilidades, con trabajo, con cuentas que pagar… pero emocionalmente estamos viviendo experiencias que muchos heterosexuales vivieron a los 15 o 16 años. Exploración, impulsividad, búsqueda de pertenencia, errores, intensidad, necesidad de aprobación, miedo al rechazo, relaciones caóticas, validación a través del deseo del otro, y un gran y caótico etcétera.
No es inmadurez. Es una historia no vivida, en que intentamos recuperar lo que no se pudo vivir cuando no era seguro hacerlo.
El problema es que esta segunda adolescencia ocurre con cuerpo y recursos de adulto, pero con heridas que siguen abiertas. Y eso puede tener consecuencias, como caer en relaciones poco cuidadas, dificultad para poner límites, sensación de vacío después de encuentros que prometían más de lo que entregaron, confusión entre libertad y desborde, y una sensación muy intensa de autoabandono.
Otra capa que complejiza mucho esta sensación de estar perdidos después de salir del clóset es el primer encuentro con el mundo gay. Porque una cosa es aceptar quién soy, y otra muy distinta es empezar a moverme en un espacio que tiene sus propias reglas, códigos y exigencias no dichas. Muchas veces llegamos con una mezcla de ilusión y hambre emocional, buscando pertenencia, validación, referencias, encuentros y "personas como yo". Queremos sentir que, por fin, hay un lugar donde encajamos. Y en esa búsqueda, es fácil empezar a moldearnos para gustar, para no quedar fuera, para ser deseables en un sistema que suele premiar lo superficial, lo rápido y lo hegemónico.
Recuerdo —y lo veo constantemente— cómo uno empieza a observar el cuerpo, la forma de hablar, el tipo de fotos que sube, el tipo de vida que muestra. Aparece la sensación de que hay una manera correcta de ser gay/lesbiana/trans/bi/+, y que si no la cumples, quedas al margen. Entonces, sin darnos cuenta, cambiamos cosas, exageramos rasgos, ocultamos otros, nos volvemos más duros, más irónicos, más sexuales o más distantes emocionalmente. No porque eso sea lo que realmente somos, sino porque queremos sobrevivir en un espacio que promete pertenencia, pero que muchas veces ofrece validación condicionada.
Esto puede generar una desconexión profunda. Por fuera parecemos más libres, más seguros, más “integrados al ambiente”, pero por dentro nos vamos perdiendo un poco más. Empezamos a confundir deseo con aprobación, atención con afecto, matches con valor personal. Y cuando ese mundo no llena lo que veníamos esperando que llenara, la sensación de vacío se intensifica. No porque el mundo gay sea el problema en sí, sino porque llegamos a él con heridas abiertas, sin brújula interna y con una necesidad enorme de sentirnos elegidos, vistos y suficientes.
Sentirse perdido después de salir del clóset no es solo no saber qué quiero. Muchas veces es no saber cómo cuidarme ahora que tengo permiso para existir. Es no tener modelos claros de cómo construir una vida que no sea solo reactiva al daño previo. Es haber pasado tanto tiempo sobreviviendo que no aprendimos a desear con calma.
Y cuando uno se siente perdido por mucho tiempo, empiezan a aparecer ciertas consecuencias como la ansiedad, sensación de estar atrasado en la vida, comparaciones constantes con otras personas LGBTI+ “más resueltas”, culpa por no sentirse agradecido de la libertad conseguida, relaciones que se repiten con distintos nombres pero el mismo patrón.
A veces incluso aparece una nostalgia extraña por el clóset. No porque queramos volver, sino porque al menos ahí todo era más claro. Dolía, pero era conocido. Habían privilegios que como persona LGBTIQ+ dejo de tener. Afuera, en cambio, hay demasiadas opciones y poca brújula interna.
Entonces, ¿cómo se encuentra nuevamente el camino?
No creo que se trate de apurarse a “ordenar la vida” o de exigirse claridad inmediata. Creo que el primer paso es algo mucho más incómodo y a la vez más compasivo: aceptar que sentirse perdido es parte del proceso, no una señal de fracaso.
Aceptar que salir del clóset no nos deja listos, nos deja disponibles. Disponibles para reconstruirnos con más verdad, pero también con más conciencia.
Para mí, empezar a dejar de sentirme perdido tuvo mucho que ver con dejar de vivir en modo reacción. Dejar de preguntarme solo “qué me falta” o “por qué no estoy donde otros están”, y empezar a preguntarme “qué necesito hoy para sentirme más alineado conmigo”.
Tuve que aprender —y sigo aprendiendo— a diferenciar deseo de vacío. Libertad de impulso. Autenticidad de autoexigencia. A entender que no todo lo que puedo hacer me hace bien, y que cuidarme también es una forma profunda de orgullo.
Encontrar el camino después del clóset no es encontrar una respuesta definitiva, es construir una relación más honesta conmigo. Es permitirme avanzar más lento si lo necesito, revisar mis vínculos, trabajar mis heridas, aceptar que no todo se resuelve solo con visibilidad externa, y que la verdadera libertad es un proceso interno mucho más silencioso.
Si hoy te sientes perdido después de salir del clóset, quiero decirte algo importante: no llegaste tarde, no perdiste el tiempo y no hiciste algo mal. Estás en una etapa que nadie nos enseñó a transitar. Y como toda etapa profunda, requiere tiempo, acompañamiento y mucha honestidad emocional.
Yo sigo caminando ese camino. No desde un lugar perfecto, sino desde uno más consciente. Y si algo he aprendido, es que perderse también puede ser una forma necesaria de empezar a encontrarse de verdad.
--
Aprovecho de recordarte que PrideMe es un centro de salud mental que fundé hace unos años, donde contamos con un equipo hermoso de profesionales especialistas en personas LGBTIQ+ que pueden ayudarte en este o en cualquier otro tema que estés viviendo. Siempre en un espacio seguro, libre de discriminación y pensado para ti. Puedes agendar con la persona de mi equipo que más resuene contigo en www.prideme.cl :)
Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!
Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!
No te preocupes, tu información está segura conmigo :)
No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)