Hubo una época de mi vida en la que Grindr era una de las aplicaciones que más abría durante el día. Entraba porque estaba aburrido, porque quería conversar con alguien, porque tenía ganas de conocer nuevas personas, o bueno... por otras razones que probablemente se imaginan. Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a notar algo que me resultaba difícil de ignorar. Había días en los que cerraba la aplicación sintiéndome peor de cómo me sentía antes de abrirla. Más inseguro, más ansioso, más pendiente de lo que otros pensaban de mí, y aun así, al día siguiente volvía a entrar.
Durante mucho tiempo no entendí esa contradicción. Si algo me hacía sentir mal, ¿por qué seguía volviendo? La explicación más simple era pensar que Grindr era el problema. Que la aplicación era tóxica, que las personas que estaban ahí eran superficiales o que el ambiente era dañino. Pero me di cuenta de que la respuesta era bastante más compleja que eso. Porque si bien existen dinámicas dentro de la aplicación que pueden ser difíciles, también hay personas que la utilizan sin que eso afecte significativamente su bienestar. Hay quienes encuentran amistades, relaciones de pareja, espacios de exploración sexual o simplemente momentos agradables de conversación. Entonces la pregunta dejó de ser qué tenía de malo Grindr y pasó a ser otra mucho más profunda: ¿qué estaba buscando yo cada vez que abría la aplicación?
Esa pregunta me llevó a observar algo que veo constantemente en mi trabajo como psicólogo. Muchas veces creemos que estamos buscando una cosa cuando en realidad estamos buscando otra. Pensamos que estamos buscando sexo, cuando lo que queremos es sentir cercanía. Pensamos que estamos buscando una cita, cuando en realidad queremos sentirnos elegidos. Pensamos que estamos buscando una conversación, cuando en el fondo estamos intentando escapar de la soledad.
Recuerdo momentos en los que abrir Grindr me hacía sentir increíble. Bastaban algunos mensajes, algunas fotos o el interés de alguien que me parecía atractivo para que mi ánimo cambiara. De pronto me sentía más seguro de mí mismo. Era una sensación agradable y, siendo honesto, completamente humana. A todos nos gusta sentir que gustamos. A todos nos gusta sentir que alguien nos encuentra atractivo. El problema comenzó cuando me di cuenta de que esa sensación duraba muy poco. Porque si al día siguiente la atención disminuía, si alguien dejaba de responder o si pasaba varias horas sin recibir mensajes, mi percepción sobre mí mismo también cambiaba.
Y ahí apareció una reflexión que me costó bastante aceptar. Tal vez la aplicación no tenía tanto poder sobre mi autoestima como yo pensaba, tal vez el verdadero problema era que yo le estaba entregando ese poder.
Creo que esto es especialmente relevante para muchos hombres gays porque no crecimos precisamente en un contexto que fortaleciera nuestra autoestima. Muchos aprendimos desde muy pequeños a observarnos constantemente, a preguntarnos si éramos demasiado masculinos o demasiado femeninos, a vigilar nuestra voz, nuestros gestos, nuestros intereses y nuestra forma de relacionarnos con otros hombres. Muchos crecimos sintiendo que había algo de nosotros que debía ser corregido, escondido o al menos controlado. Incluso quienes tuvimos experiencias familiares relativamente positivas solemos haber pasado años intentando encajar en un mundo que asumía que éramos otra persona.
Por eso no me parece extraño que tantos hombres gays lleguen a la adultez con una necesidad muy profunda de sentirse deseados. Después de todo, durante años muchos nos sentimos distintos, invisibles o insuficientes. Y cuando aparece una aplicación que nos permite recibir atención de forma rápida e inmediata, es lógico que algo dentro de nosotros responda con entusiasmo. El problema es que la validación externa funciona como un analgésico, no como una solución. Puede aliviar momentáneamente una herida emocional, pero rara vez la sana.
Creo que una de las trampas más difíciles de detectar es que la validación se siente muy parecida a la autoestima cuando la estamos recibiendo. Si varias personas nos escriben, nos sentimos atractivos. Si alguien nos busca, nos sentimos interesantes. Si recibimos atención, nos sentimos valiosos. Pero la diferencia entre ambas cosas se vuelve evidente apenas esa atención desaparece. Porque la autoestima permanece incluso cuando nadie nos está validando, en cambio, la validación, depende de que alguien más siga entregándola.
Cuando entendí esto, empecé a mirar mis propias conductas con más curiosidad. Me pregunté cuántas veces había abierto Grindr no porque realmente quisiera conocer a alguien, sino porque necesitaba sentirme mejor conmigo mismo. Y la respuesta fue incómoda, ya que fueron muchas más veces de las que me gustaría admitir.
Y aunque durante unos minutos la atención de otras personas podía aliviar esas emociones, tarde o temprano volvía a encontrarme exactamente en el mismo lugar emocional donde había empezado. Era como intentar llenar un recipiente que tenía una pequeña grieta en la base, que por mucho que siguiera agregando agua, nunca terminaba de llenarse.
Con el tiempo también empecé a notar algo que me preocupa bastante de cómo usamos las aplicaciones de citas. Muchas veces olvidamos que detrás de cada perfil hay una persona completa. Una persona con inseguridades, historias, heridas, miedos y necesidades emocionales tan complejas como las nuestras. La lógica de la inmediatez puede hacernos sentir que estamos interactuando con fotografías o con perfiles intercambiables, pero no es así. Estamos interactuando con seres humanos.
Por eso creo que una conversación sobre Grindr también tiene que ser una conversación sobre responsabilidad. Porque es fácil culpar exclusivamente a la aplicación de las dinámicas que ocurren dentro de ella, pero las aplicaciones no rechazan personas. Las aplicaciones no humillan, no desaparecen sin decir nada, o no utilizan a otros seres humanos como objetos descartables. Somos las mismas personas quienes hacemos esas cosas.
Sé que muchas veces se habla de Grindr como si fuera un espacio inevitablemente hostil, pero no estoy completamente de acuerdo con esa idea. Creo que Grindr es un reflejo amplificado de ciertas dinámicas que ya existen en nuestra comunidad. Y justamente por eso tenemos una responsabilidad en la forma en que participamos dentro de la app. Poder ser claros cuando no estamos interesados, tratar a los demás con respeto, recordar que detrás de una conversación breve puede haber una persona que está atravesando un momento difícil, y entender que la empatía sigue siendo importante incluso cuando la interacción es casual o probablemente no volverá a repetirse.
Hoy ya no uso Grindr. Llegó un momento en que sentí que la relación que estaba construyendo con la aplicación no era la que quería tener. Me di cuenta de que estaba invirtiendo demasiada energía emocional en algo que no estaba aportando a la vida que quería construir. Sin embargo, tampoco creo que la conclusión de este artículo sea que todo el mundo debería eliminarla. No lo creo porque he conocido personas que la utilizan de forma saludable. Personas que tienen claro para qué entran, qué esperan encontrar y cuáles son sus límites. Personas que pueden usar la aplicación sin que esta se transforme en el principal termómetro de su valor personal.
Quizás la diferencia no está en tener Grindr o no tenerlo. Quizás la diferencia está en la relación que construimos con él.
Por eso, si usas Grindr, hay algunas preguntas que pueden ser útiles. ¿Cómo te sientes antes de abrir la aplicación? ¿Cómo te sientes después de cerrarla? ¿Estás buscando una persona o una sensación? ¿Estás intentando conectar con alguien o escapar de algo? ¿Tu autoestima cambia según la cantidad de mensajes que recibes? ¿Puedes tolerar que nadie te responda sin que eso altere la forma en que te ves a ti mismo?
No son preguntas para juzgarse, son preguntas para conocerse mejor.
Porque al final del día, Grindr es solo una herramienta. Una herramienta que puede facilitar encuentros, conversaciones, amistades, relaciones o experiencias sexuales. Pero ninguna herramienta debería tener el poder de definir cuánto valemos como personas. Cuando nuestra autoestima depende de cuánta atención recibimos, de quién nos responde o de quién deja de hacerlo, probablemente estamos intentando resolver una necesidad emocional mucho más profunda que una aplicación nunca podrá satisfacer por completo.
Y quizás ahí está la verdadera reflexión. No preguntarnos por qué seguimos entrando a Grindr, sino preguntarnos qué estamos esperando encontrar cada vez que lo abrimos. Porque a veces la respuesta no tiene que ver con sexo, ni con citas, ni siquiera con compañía. A veces tiene que ver con algo mucho más humano: las ganas de sentirnos suficientes. Y esa es una búsqueda que difícilmente podrá resolverse desde una pantalla.
Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!
Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!
No te preocupes, tu información está segura conmigo :)
No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)