Un año soltero y una decisión incómoda: empezar a practicar la "soltería ética"

Llevo un año soltero, y en este último año me he visto haciendo cosas que antes criticaba. He ghosteado, he dejado conversaciones morir sin explicación, he sentido alivio al desaparecer, como si el silencio fuera una forma legítima de protegerme. Y durante un tiempo, incluso, me justifiqué detrás de esas acciones, diciendo que estaba cansado de buscar, saturado, decepcionado del amor.

Lo más duro de este año no ha sido estar solo, sino darme cuenta de que, desde ese lugar de cansancio y defensa, también estaba siendo poco ético con otros. Personas que no tenían la culpa de mis heridas, pero que igual recibían las consecuencias. Personas que estaban buscando conexión mientras yo estaba buscando anestesia emocional.

En algún punto —no de golpe, sino lentamente— empecé a incomodarme conmigo mismo. No con la soltería, sino con la forma en que la estaba habitando. Me di cuenta de que estaba repitiendo dinámicas que a mí mismo me habían dolido antes: el silencio, la ambigüedad, el "después vemos", el no hacerse cargo, el "sí obvio juntémonos" sin llegar a nada. Y ahí tomé una decisión que ha sido todo menos cómoda: empezar a practicar la soltería ética.

No ha sido fácil, porque evidentemente la salida más fácil es huir. Pero entendí que si no aprendía a vincularme mejor estando soltero, difícilmente iba a construir algo distinto en pareja. Porque la soltería no es un paréntesis sin consecuencias, es un espacio donde también se aprende —o se desaprende— a cuidarse y cuidar a otros.

Cuando hablo de soltería ética no estoy hablando de portarse bien para quedar bien. No es un manual de buena conducta ni una lista de reglas para no hacerle daño a nadie. La soltería ética es una postura interna. Es la forma en que elijo vincularme con otros cuando no hay un compromiso formal de por medio. Es preguntarme, incluso en la libertad de la soltería: ¿qué tipo de persona quiero ser mientras conozco a alguien?

Creo que sí, es necesario hablar de esto. Mucho más de lo que creemos. Porque la soltería no debería ser un espacio "neutro" de nuestras vidas, al contrario, es un momento en el que uno puede crecer y conocerse demasiado, y ocupar ese conocimiento para desarrollarnos como mejores personas.

La soltería se ha convertido en un espacio donde normalizamos prácticas que, vistas de cerca, duelen. Desaparecer sin decir nada, ilusionar sin intención real, mantener a alguien cerca “por si acaso”, usar a otros como anestesia emocional. Y lo más preocupante: justificar todo eso con frases como “no le debo nada a nadie”, “somos adultos, cada uno se hace cargo de lo suyo”, "no tengo por qué andar dando excusas", "voy a dejar de hablarle, total no somos nada"...

Yo mismo he estado ahí. He dicho esas frases. He usado esa lógica para no hacerme cargo del impacto que tenía en otros. Y no porque fuera cruel, sino porque estaba cansado, herido y desconfiado. Porque después de tantas decepciones, la empatía se empieza a desgastar.

¿Por qué nos volvimos tan poco éticos estando solteros? Creo que hay varias razones. Una de ellas es el cansancio emocional. Venimos de historias que no funcionaron, de promesas que no se cumplieron, de vínculos donde dimos más de lo que recibimos. Entonces entramos al mundo de las citas con una armadura puesta, más atentos a protegernos que a cuidar.

Otra razón es la velocidad de los tiempos de hoy. Todo es rápido e instantáneo. Los matches, las conversaciones, las citas, las decisiones. No hay tiempo para procesar lo que sentimos porque siempre hay algo nuevo que mirar. Y cuando todo es rápido, la profundidad molesta, la emoción incomoda y la conversación honesta se posterga.

También está la ilusión de las opciones infinitas. Las redes sociales y las apps de citas nos instalaron la idea de que siempre puede haber alguien mejor esperando a la vuelta de la esquina. Alguien más atractivo.  más interesante, más compatible, que cometa menos errores, que pronuncie mejor las S, que sea más alto, que tenga más amigos (o que tenga menos), que viva más cerca, que...

Cuando uno cree que siempre puede haber algo mejor, cuesta elegir, porque entre tanta opción uno se abruma. Aparece la paradoja de la sobreoferta: entre tantas opciones me paralizo y no escojo ninguna.

Pero más importante que eso, cuando hay tantas opciones, cuesta cuidar lo que ya está frente a uno.

La búsqueda del amor se volvió descartable. Personas que ayer parecían prometedoras hoy se transforman en un chat archivado. No porque haya pasado algo grave, sino porque apareció alguien nuevo. Y sin darnos cuenta, empezamos a tratar a las personas como productos: si no me convence del todo, sigo deslizando.

Esto no ocurre en el vacío. En el mundo gay —y hablo desde mi experiencia y desde lo que veo todos los días en consulta— esta lógica se potencia. La famosa "superficialidad del mundo gay" no apareció porque sí. Es una defensa, que surge como modo de adaptarse a una forma de sobrevivir en un contexto que históricamente nos enseñó que amar era peligroso. Muchos aprendimos muy temprano que mostrarnos tal como éramos podía traer rechazo, burla o violencia. Entonces desarrollamos mecanismos para no exponernos demasiado. Rechazamos antes de que nos rechacen, nos mostramos seguros cuando por dentro estamos muertos de miedo, priorizamos el cuerpo, la imagen, el rendimiento sexual, porque eso nos da una sensación de control.

La superficialidad, en muchos casos, no es falta de profundidad. Es miedo a ella. Porque la vulnerabilidad fue el lugar donde nos dañaron. En ese espacio tan real de nosotros, ese espacio de máxima vulnerabilidad, fue el espacio donde se nos dijo que no está bien ser como somos. Y si ese espacio fue peligroso alguna vez, el cuerpo aprende a evitarlo.

El problema es que cuando usamos esas defensas sin cuestionarlas, terminamos replicando el mismo daño que un día nos hicieron. No porque queramos herir, sino porque no sabemos hacerlo distinto.

Ser ético en la soltería no significa prometer lo que no siento ni quedarme en vínculos que no quiero. Significa ser honesto conmigo y con el otro. Significa no jugar con las expectativas ajenas para calmar mi soledad. Significa entender que, aunque no haya un contrato afectivo, sí hay un impacto emocional en la otra vereda.

Muchas veces escucho: “Pero si recién lo estoy conociendo, no le debo nada”. Y es verdad. No le debo una relación, ni exclusividad, ni un futuro juntos. Pero sí le debo humanidad, le debo coherencia, le debo no usarlo como un medio para regular mis emociones. Le debo ser una buena persona y ME debo a mí mismo ser una buena persona.

Y acá aparece algo que para mí es clave: la soltería ética no es solo una responsabilidad afectiva individual. Es una responsabilidad social. Porque cada interacción que tengo no solo afecta a esa persona, también va construyendo el tipo de mundo vincular en el que vivimos.

Cuando normalizamos desaparecer sin explicación, estamos enseñando que el silencio es una forma válida de cerrar vínculos. Cuando ilusionamos sin intención, estamos reforzando la idea de que el otro es descartable. Cuando usamos personas para no sentirnos solos, estamos reproduciendo una cultura del consumo afectivo.

Cuando estamos conociendo a alguien, no conocemos toda su historia. No sabemos sus heridas, sus miedos, sus procesos. Y justamente por eso, la ética es más importante. Porque no empatizamos menos por maldad, sino por desconocimiento. Y aun así, elegimos cómo actuar.

Ser ético en la soltería es una forma de desarrollo personal. Es preguntarme si quiero ser alguien que huye o alguien que puede sostener conversaciones incómodas. Si quiero ser alguien que acumula experiencias o alguien que cuida a las personas que se cruzan en su camino.

No siempre es fácil. A mí me ha costado. Me he descubierto evitando conversaciones por miedo a incomodar, he dejado vínculos en pausa para no decidir, he preferido el silencio antes que decir “no estoy en el mismo lugar que tú”. Y cada vez que lo hice, algo en mí se achicó.

Con el tiempo entendí que ser claro no es ser cruel. Poner límites no es ser frío, y decir la verdad a tiempo, aunque duela, duele menos que desaparecer.

La soltería ética también implica revisar desde dónde me vinculo. ¿Estoy buscando a alguien para compartir o para llenar un vacío? ¿Estoy conociendo desde la curiosidad o desde la necesidad? ¿Estoy siendo honesto con lo que quiero hoy, aunque no sea lo que el otro espera?

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de hacerlo consciente. De aceptar que todos estamos aprendiendo, pero que aprender no puede ser a costa del dolor ajeno.

Creo profundamente que si queremos relaciones más sanas, tenemos que empezar por solterías más conscientes. No porque la soltería sea el problema, sino porque es el terreno donde se entrenan muchas de las habilidades que después exigimos en pareja.

Cuidar, comunicar, respetar, responsabilizarnos de lo que despertamos en otros. Todo eso se aprende mucho antes de decir “somos pareja”.

Hoy, estando soltero, intento tener súper presente que cada persona que conozco no es una opción más en un catálogo. Es alguien con una historia, con expectativas, con heridas parecidas a las mías. Y aunque no me quede, aunque no avancemos, puedo elegir no pasar por encima.

Eso, para mí, es la soltería ética. No es renunciar a mi libertad, es usarla con conciencia. Es entender que ser libre no es hacer cualquier cosa, sino hacernos cargo de lo que hacemos.

Y quizás, si más personas empezamos a vincularnos así, no solo vamos a tener relaciones más sanas. También vamos a construir un mundo un poco menos frío, menos defensivo y más humano. Y que cuando nos sintamos solos o cuando queramos salir a buscar a alguien especial, no se sienta como algo amenazante sino como un juego seguro y entretenido.

La soltería ética no me ha hecho encontrar el amor más rápido. No me ha evitado decepciones ni tampoco ha hecho que no me equivoque con otras personas. Pero sí me ha permitido mirarme al espejo con más coherencia. Sentir que, aunque algo no resulte, no estoy traicionando mis valores en el camino.

Quizás de eso se trata crecer emocionalmente: no de dejar de equivocarnos, sino de equivocarnos con más conciencia. De saber reparar posterior a habernos equivocado incluso si "no somos nada". Porque sí somos algo: somos personas con sentimientos, y podemos DECIDIR empatizar con ellos.
Cuando no elegimos quedarnos, sí podemos elegir cómo nos vamos.

Y si este año soltero me ha enseñado algo, es que la forma en que amo —o no amo— mientras estoy solo, también habla de quién soy. Y hoy, al menos, quiero ser alguien que no huye en silencio, sino alguien que se atreve a ser una mejor persona incluso con aquellos con los que nunca más cruzaré caminos.

Conéctate a nuestra Comunidad y sigue recibiendo contenido de valor!

Únete a mi lista de suscriptores para que puedas recibir avisos de cuando publique nueva información sobre mi blog, contenidos, talleres y cursos!

No te preocupes, tu información está segura conmigo :)

No soporto el SPAM! Así que no te preocupes que no estaré llenándote de mails, solo te enviaré mails que sé que te podrán servir y ayudar :)