En toda mi experiencia clínica, he escuchado mucho una frase de algunos hombres gays que se repite bastante y que sigue ciertos patrones:
“Yo no soy como los otros gays”.
A simple vista, podría parecer una afirmación que permite marcar identidad y diferenciarse, lo que es normal y forma parte de la experiencia de individuación de cada persona. Pero cuando se observa con más profundidad, esa frase suele venir cargada de significados más complejos, muchas veces ligados a la forma en que se ha construido la relación con la propia identidad y con la comunidad.
A algunos hombres gays les ocurre que no se sienten identificados con lo que perciben como el estereotipo gay. Puede ser la forma de expresarse, la manera de vincularse, los espacios que frecuentan, los intereses en común, la forma de vivir su sexualidad o las dinámicas de los grupos de amigos. En ciertos contextos, aparece una sensación de distancia, como si hubiera un desajuste entre lo que ven afuera y lo que sienten por dentro. Y esa distancia, en lugar de vivirse simplemente como una diferencia, empieza a transformarse en una separación más emocional, más marcada.
Este fenómeno en sociología tiene un nombre, se conoce como distanciamiento intragrupal. Se refiere a cuando una persona, siendo parte de un grupo, toma distancia física y/o psicológica de ese mismo grupo. Muchas veces esto ocurre como una forma de proteger la propia autoestima o de evitar ser asociado a características que han sido socialmente cuestionadas o desvalorizadas. En el caso de algunos hombres gays, esto puede manifestarse en la necesidad de diferenciarse de aquello que perciben como “lo gay” ("locas", promiscuos, antinaturales, o cualquier otra característica negativa con la que la sociedad nos ha asociado), especialmente si ese “lo gay” ha estado históricamente expuesto a juicio o rechazo.
No es algo que surja de la nada. La mayoría ha crecido en entornos donde la homosexualidad, en sus distintas expresiones, ha sido objeto de burlas, prejuicios o incomodidad. Antes incluso de poder nombrar lo que sentían, ya habían aprendido que ciertas formas de ser eran más aceptadas que otras. Y aunque con el tiempo muchas personas logran hacer un trabajo importante de aceptación, esas primeras capas no desaparecen tan fácilmente.
En simples palabras, aprendieron que mientras más cerca estuvieran de lo normativo, más seguros podían sentirse.
Desde ahí, puede ocurrir que al encontrarse con otras personas de la comunidad que encarnan justamente aquello que en algún momento fue criticado o rechazado, se active una incomodidad difícil de explicar. En lugar de reconocer esa incomodidad como parte de una historia personal, lo que aparece es la necesidad de marcar distancia. “Yo no soy así”. Como una forma de diferenciarse, pero también, en el fondo, de protegerse.
En algunos casos, también hay una búsqueda de validación externa. Diferenciarse puede convertirse en una manera de decir “yo soy distinto, yo encajo mejor en otros espacios”, pero acomodándose a identidades más socialmente aceptadas que justamente podrían alejarte de quien realmente eres y encasillarte en otro molde. Es una estrategia que, muchas veces sin intención consciente, intenta acercarse a lo que históricamente ha sido más aceptado. El problema es que, sin darse cuenta, se puede terminar replicando el mismo juicio que durante tanto tiempo generó dolor. Estarías intentando desmarcarte de una caja (el estereotipo gay) para entrar en otra caja (lo heteronormado). El objetivo es otro: saber quién eres tú y ser auténtico con ello, más allá de los estereotipos gays o heteros.
Al mismo tiempo, no todo el malestar viene desde afuera. También existe, en algunos contextos, la sensación de que dentro de la misma comunidad hay ciertas expectativas sobre cómo debería ser un hombre gay. Y cuando alguien no se identifica con esos códigos, puede aparecer una sensación interna de no encajar, incluso dentro del lugar donde, en teoría, debería haber mayor pertenencia. Y no encajar dentro de grupos que deberían sentirse parte de ti mismo, aunque a veces no lo aceptes, duele.
Ahí es donde muchas veces se instala una paradoja compleja. Por un lado, no hay una identificación completa con el mundo heterosexual. Por otro, tampoco se siente una conexión total con el mundo gay. Y eso puede dejar a la persona en una especie de espacio intermedio, donde lo que predomina es la sensación de no pertenecer del todo a ningún lado.
Es importante aclarar algo. No identificarse con ciertos espacios o formas de expresión dentro de la comunidad no tiene nada de malo. La diversidad también existe dentro de la misma diversidad. El punto no está en que todas las personas tengan que sentirse representadas por lo mismo, sino en cómo se construye esa diferencia. Porque está bien decir “esto no es para mí”, pero decir “esto está mal” o “esto es menos válido” te conecta con el juicio y por ende con una mayor distancia emocional. Y recordemos que el distanciamiento intragrupal genera rabia, rencor y tristeza, que terminan impactando negativamente en tu salud mental.
Cuando la diferencia se vive desde la desconexión o el juicio, se genera más distancia. Pero cuando se puede sostener desde la comprensión de que existen múltiples formas de vivir la identidad, la experiencia cambia. La comunidad deja de verse como un bloque homogéneo y empieza a percibirse como lo que realmente es: un conjunto diverso de historias, trayectorias y maneras de habitar el mundo.
Para quienes se reconocen en esta sensación de distancia, puede ser útil empezar a mirar con curiosidad qué hay detrás. Preguntarse qué es lo que realmente incomoda, qué emociones se activan en ciertos espacios, qué historias personales pueden estar influyendo en esa percepción. En vez de quedarte en el "me carga que esa persona sea tan promiscua", preguntarte qué de ti estás proyectando en esa persona que no estás pudiendo hacer consciente. ¿Será que lo que realmente me enoja no es que el otro viva su sexualidad como quiera, sino que yo no he podido sentir que vivo la mía de forma libre y placentera? Muchas veces, lo que aparece no tiene tanto que ver con los otros, sino con experiencias pasadas, con miedos o con inseguridades que todavía están presentes.
También puede ser importante explorar distintos espacios dentro de la comunidad. No todos los entornos son iguales, y no todos tienen que calzar con todas las personas. Hay lugares donde es más fácil sentirse cómodo, más visto y más en sintonía. Encontrar esos espacios requiere apertura, pero también paciencia. Y, sobre todo, la disposición a no cerrarse antes de tiempo.
En ese proceso, la autenticidad juega un rol central, y hay que saber llevarla a lo concreto. Poder mostrarse tal como uno es, sin sobreadaptarse, pero tampoco levantando barreras innecesarias. Porque cuando una persona se muestra desde un lugar más genuino, aumenta la posibilidad de generar vínculos que también lo sean. Y eso impacta directamente en la sensación de pertenencia.
Observa el juicio, reconócelo y, en la medida de lo posible, flexibilízalo. Entender que cada persona ha construido su forma de ser en función de su propia historia. Que lo que para alguien es natural, para otro puede ser completamente ajeno, y viceversa. Y que ninguna de esas formas es, por sí misma, más válida que otra.
Al final, no se trata de encajar a la fuerza ni de adoptar formas que no hacen sentido, pero tampoco se trata de aislarse o de marcar distancia como mecanismo permanente. Se trata de encontrar un equilibrio donde la persona pueda sentirse parte sin dejar de ser quien es. Donde la pertenencia no implique perder autenticidad, pero donde la autenticidad tampoco se transforme en aislamiento.
Cuando ese equilibrio empieza a construirse, la mirada cambia. La necesidad de diferenciarse pierde intensidad, porque ya no hay algo de lo que defenderse constantemente. Y en ese espacio más abierto, empiezan a aparecer conexiones que antes parecían lejanas.
La relación con la diferencia se vuelve más amable, más flexible y más humana. Y quién sabe, quizás esa frase de “yo no soy como los otros gays” siga apareciendo, pero ya no desde la rabia ni el juicio, sino desde una calma más integrada, desde reconocer tu propia forma de ser sin necesidad de rechazar la de los demás, pudiendo compartir con quienes viven su identidad de otra manera sin incomodidad, e incluso encontrando ahí un espacio para validar que la diversidad también existe dentro de la misma comunidad, sin que eso tenga que separarte, sino más bien ampliarte. Podrás decir "yo no soy como los otros gays... pero aun así lucho por la igualdad dentro de lo que nos diferencia. Todos merecemos el mismo respeto y cualquier expresión de la homosexualidad es válida, incluso si yo no cumplo con el estereotipo".
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