Llevas años diciendo que estás bien dentro del clóset, pero ¿realmente lo estás? Una reflexión sobre todo lo que podrías vivir fuera del clóset.

Quizás llevas años diciéndote que estás bien dentro del clóset. Tienes amigos, estudias o trabajas, compartes con tu familia y has conseguido construir una vida con la que, en muchos aspectos, te sientes satisfecho. Tu vida "funciona". Puede que incluso tengas pareja o hayas tenido algunas experiencias amorosas que recuerdas con mucho cariño. Y cuando alguien te pregunta por qué todavía no les has contado a tus padres que LGBTIQ+, probablemente tienes una respuesta bastante clara: no lo necesitas, no es el momento adecuado, tus papás no tienen por qué saberlo o simplemente prefieres mantener tu vida privada separada de tu vida familiar.

Y quizás todo eso sea cierto. Pero hay una pregunta que me gustaría invitarte a considerar. ¿Alguna vez te has detenido a pensar si realmente estás eligiendo vivir de esa manera o si, con el paso de los años, te has acostumbrado tanto a evitar la salida del clóset que ya ni siquiera te preguntas cómo sería tu vida si pudieras tenerlas?

Antes de seguir, quiero contarte que actualmente estamos en plena apertura de postulaciones para la segunda versión de Desbloquea tu Orgullo, mi programa de acompañamiento psicológico para personas LGBTIQ+ que desean salir del clóset con sus papás, pero que todavía sienten miedo, inseguridad o no saben cómo enfrentar esa conversación. Si llevas mucho tiempo postergando este momento y te gustaría comenzar a trabajarlo conmigo, hasta el 2 de noviembre puedes postular a una videollamada gratuita, donde podremos conocer tu situación, conversar sobre lo que estás viviendo y evaluar si el programa es adecuado para ti. Haz clic aquí para agendar tu videollamada gratuita conmigo.

Y bueno, hay algo que me parece particularmente interesante de la experiencia de vivir dentro del clóset y es que no siempre se siente como una experiencia dolorosa. A veces imaginamos que todas las personas que todavía no han compartido su orientación sexual o identidad de género con sus familias viven constantemente angustiadas, tristes o deseando que llegue el día en que finalmente puedan hacerlo. Pero la realidad puede ser bastante diferente. Hay personas que llevan tantos años dentro del clóset que han aprendido a desenvolverse perfectamente en él. Saben qué temas evitar durante los almuerzos familiares, cómo responder cuando les preguntan si están saliendo con alguien y qué información compartir para que nadie sospeche de sí mismos. Han construido una manera de vivir que les permite mantener cierta tranquilidad y, precisamente porque esa forma de vivir les ha funcionado durante tanto tiempo, pueden llegar a preguntarse para qué cambiar algo que aparentemente no les está causando problemas.

Sin embargo, creo que aquí aparece una distinción psicológica importante. Que hayamos aprendido a desenvolvernos dentro de una situación no significa necesariamente que esa situación sea la que más deseamos para nuestra vida. Los seres humanos tenemos una enorme capacidad para adaptarnos a nuestras circunstancias, incluso cuando esas circunstancias implican restricciones que nunca habríamos elegido libremente. Podemos acostumbrarnos a evitar determinadas conversaciones, a mantener separadas distintas partes de nuestra vida y a renunciar a ciertas experiencias sin sentir constantemente el peso de esas decisiones. Y con el paso del tiempo, aquello que inicialmente hacíamos para protegernos del rechazo puede terminar convirtiéndose en una manera habitual de relacionarnos con los demás. Dejamos de preguntarnos por qué hacemos ciertas cosas y simplemente continuamos haciéndolas porque así hemos aprendido a vivir.

Piensa, por ejemplo, en alguien que lleva cinco años en una relación de pareja, pero cuyos papás todavía creen que está soltero. Esa persona puede amar profundamente a su pareja, tener una relación satisfactoria y sentirse feliz con muchos aspectos de su vida. Sin embargo, cada vez que se reúne con su familia necesita omitir una parte importante de lo que ha vivido durante la semana. Si salió de vacaciones con su pareja, quizás tiene que inventar que viajó con amigos. Si celebraron un aniversario, probablemente no podrá compartir esa experiencia durante el almuerzo familiar. Y si algún día atraviesa una dificultad importante en su relación, quizás tampoco podrá buscar apoyo en su familia sin tener que explicar primero algo que lleva años ocultando. Es posible que esa persona no se sienta particularmente angustiada por estas situaciones porque ha aprendido a manejarlas. Pero me pregunto si alguna vez se ha detenido a pensar cómo sería su vida si ya no necesitara hacerlo.

Y creo que ahí está una de las preguntas más importantes que podemos hacernos cuando llevamos mucho tiempo dentro del clóset. ¿Estamos satisfechos con nuestra vida porque realmente podemos vivirla de la manera que deseamos o porque hemos aprendido a no esperar ciertas experiencias? Porque cuando algo nos parece demasiado difícil, demasiado riesgoso o simplemente imposible, a veces dejamos de considerarlo como una alternativa. Quizás durante años imaginaste que algún día podrías presentar a tu pareja en una celebración familiar, hablar espontáneamente sobre alguien que te gusta o compartir con tus papás las experiencias sentimentales que estás viviendo. Pero después de tanto tiempo evitando aquella conversación, puede que hayas comenzado a convencerte de que esas cosas no son tan importantes para ti. Y quizás algunas efectivamente no lo sean. Sin embargo, también existe la posibilidad de que hayas aprendido a restarles importancia porque pensar en ellas te recuerda una conversación que todavía te da demasiado miedo enfrentar.

Desde la psicología, sabemos que la evitación puede producir un alivio emocional muy inmediato. Cuando anticipamos una situación que nos genera ansiedad y decidimos no enfrentarla, es frecuente que experimentemos una disminución de ese malestar. Si pensar en contarles a tus padres que eres LGBTIQ+ te provoca miedo, decidir que todavía no lo harás puede hacerte sentir mucho más tranquilo. El problema es que ese alivio puede reforzar la conducta de seguir evitando la conversación. Cada vez que postergamos aquello que nos asusta, podemos experimentar nuevamente esa tranquilidad, sin necesariamente haber resuelto el miedo que estaba detrás. Y así pueden pasar meses o incluso años. No porque hayamos tomado una decisión consciente y definitiva sobre cómo queremos vivir nuestra orientación sexual, sino porque evitar aquella conversación se ha convertido en una estrategia que nos permite sentirnos seguros en el presente.

Por supuesto, esto no significa que toda persona que permanece dentro del clóset lo haga por evitación, ni que necesariamente deba salir de él. Hay contextos familiares, económicos y sociales donde compartir nuestra orientación sexual puede tener consecuencias importantes para nuestra seguridad o estabilidad. Si tu vida o tu estabilidad económica están en riesgo, lo mejor es que aún no lo hagas. Lo que me interesa explorar en este artículo es una situación más específica, la de aquellas personas que, en el fondo, sí quisieran poder hablar con sus padres porque saben que su vida podría sentirse más libre, independientemente de si reaccionan positiva o negativamente: "ya saben, así que puedo dejar de mentir".

Y aquí quisiera invitarte a imaginar algo. Piensa por un momento en cómo sería tu vida si pudieras compartir tu orientación sexual o tu identidad de género con las personas que quieres sin sentir que estás poniendo en riesgo su cariño. Imagina poder contarles a tus papás que conociste a alguien que te gusta, que estás comenzando una relación o que estás pasando por una ruptura amorosa, sin tener que modificar la historia para que parezca que estás hablando de una persona de otro género. Imagina que, durante una celebración familiar, pudieras hablar espontáneamente de tus experiencias como persona LGBTIQ+ sin estar constantemente pendiente de qué palabras utilizas. O que, si tienes pareja, pudieras considerar la posibilidad de incluirla en ciertos momentos importantes de tu vida familiar, o si eres trans, ir a esos almuerzos familiares con tu verdadera identidad. Quizás algunas de estas experiencias no sean especialmente relevantes para ti, pero quizás otras representen una forma de cercanía, espontaneidad y libertad que llevas mucho tiempo deseando.

A veces pienso que una de las consecuencias más difíciles de permanecer dentro del clóset durante muchos años es que podemos llegar a desconocer cuánto espacio ocupa en nuestra vida el esfuerzo de mantenerlo. Porque no siempre se trata de grandes mentiras o situaciones dramáticas. Muchas veces son pequeñas decisiones cotidianas que, por separado, parecen insignificantes. Cambiar una palabra, evitar una pregunta, no mostrar una fotografía, inventar una explicación o dejar de compartir una experiencia que nos hizo felices. Y aunque ninguna de esas situaciones necesariamente nos provoca un sufrimiento intenso, todas pueden contribuir a que determinadas relaciones se construyan alrededor de una versión incompleta de nuestra vida.

Obviamente, sería irresponsable decirte que, si finalmente decides contarles a tus padres, necesariamente te sentirás más feliz o que todas tus preocupaciones desaparecerán. Pero tampoco me parece justo que el miedo a esas posibles consecuencias nos impida considerar las experiencias positivas que también podrían surgir. Porque así como podemos imaginar todos los escenarios difíciles que podrían ocurrir después de salir del clóset, también podemos permitirnos pensar en la posibilidad de que algunas cosas resulten mejor de lo que esperamos. Quizás nuestros papás reaccionen con más comprensión de la que imaginábamos. Quizás podamos construir conversaciones que antes parecían imposibles. O quizás descubramos que compartir nuestra orientación sexual o identidad de género nos permite relacionarnos con ciertas personas desde un lugar mucho más espontáneo.

Y creo que esta última posibilidad merece especial atención. Porque cuando hablamos de los beneficios de salir del clóset, muchas veces pensamos exclusivamente en dejar de mentir o esconder información. Pero también puede ocurrir algo más profundo, podemos comenzar a sentir que las personas que queremos nos conocen de una manera más completa. Finalmente, nos podemos sentir más libres porque nos permitimos ser más espontáneos. Que cuando nos preguntan cómo estamos, podemos responder sin tener que dejar fuera experiencias importantes. Que cuando nos acompañan en un momento difícil, conocen mejor aquello que estamos atravesando. Y que cuando celebran nuestros logros o comparten nuestra felicidad, pueden hacerlo considerando aspectos de nuestra vida que antes permanecían ocultos. Para algunas personas, esa posibilidad de sentirse conocidas y reconocidas puede representar una transformación muy significativa en sus relaciones.

Quizás por eso me parece tan importante que, cuando pensamos en salir del clóset, no nos concentremos exclusivamente en la conversación que tendremos con nuestros papás. Porque si toda nuestra atención está puesta en ese momento, es comprensible que la experiencia se sienta principalmente como una amenaza. Pensamos en qué palabras utilizaremos, cómo reaccionarán, qué preguntas nos harán y qué ocurrirá si las cosas salen mal. Pero a veces olvidamos preguntarnos qué nos gustaría construir después de aquella conversación. Qué experiencias quisiéramos compartir, qué aspectos de nuestra vida nos gustaría dejar de ocultar y qué tipo de relación nos gustaría tener con nuestros padres en el futuro. Y aunque no podemos controlar cómo responderán ellos, sí podemos comenzar a reconocer qué es lo que nosotros deseamos para nuestra vida.

Si pensamos en salir del clóset solamente como una obligación que tarde o temprano tendremos que cumplir, es probable que la conversación se transforme en una fuente constante de presión. Pero si comenzamos a comprenderla como una posibilidad que podría acercarnos a una vida más libre y coherente con nuestros deseos, quizás podamos relacionarnos de otra manera con nuestros miedos. No porque desaparezcan, sino porque empezamos a reconocer que detrás de ellos también existen necesidades, ilusiones y experiencias que nos gustaría vivir.

Porque quizás nunca llegue un momento en que pensar en contarles a nuestros padres deje de producirnos miedo por completo. Quizás siempre exista cierta incertidumbre respecto de cómo reaccionarán o de qué podría cambiar en nuestra relación, eso es lo que vuelve el momento tan vulnerable. Pero cuando las condiciones son suficientemente seguras, podemos aprender a prepararnos para enfrentar esa incertidumbre sin exigirnos tener todas las respuestas de antemano. Podemos evaluar nuestros recursos, reconocer los riesgos, fortalecer nuestras redes de apoyo y pensar cuidadosamente cómo queremos abordar aquella conversación. Y también podemos decidir que todavía necesitamos tiempo. Lo importante es que esa decisión pueda surgir de una evaluación consciente de nuestra realidad y no exclusivamente del alivio inmediato que sentimos cada vez que volvemos a postergar aquello que deseamos hacer.

Si llevas años diciendo que estás bien dentro del clóset, no quisiera que terminaras este artículo sintiendo que tienes que demostrar lo contrario. Pero si hay una parte de ti que lleva mucho tiempo imaginando cómo sería vivir con mayor libertad, creo que merece la pena escucharla. Porque podemos acostumbrarnos a muchas cosas, incluso a vivir dentro de límites que alguna vez pensamos que serían temporales. Y cuando eso ocurre, quizás dejamos de preguntarnos qué queremos realmente y comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de aquello que nos parece más seguro.

Me gustaría que, después de leer estas palabras, pudieras hacerte una pregunta diferente. En lugar de preguntarte solamente qué podría salir mal si algún día decides salir del clóset, intenta preguntarte qué cosas buenas podrían comenzar a ocurrir. Qué conversaciones te gustaría tener, qué experiencias quisieras compartir y qué partes de tu vida te gustaría poder mostrar con mayor tranquilidad. No necesitas tener todas las respuestas ni tomar una decisión inmediata. Pero quizás permitirte imaginar esas posibilidades sea una manera de comenzar a reconocer cuánto espacio ha ocupado el miedo en algunas de tus decisiones.

Porque al final, creo que salir del clóset no debería tratarse de cumplir con las expectativas de otras personas, ni siquiera con las de nuestra propia comunidad. Debería tratarse de tener la posibilidad de construir una vida donde podamos decidir con mayor libertad cómo queremos relacionarnos con nuestra identidad y con las personas que queremos. Una vida donde nuestras decisiones no estén determinadas exclusivamente por el temor al rechazo, sino también por aquello que deseamos experimentar. Y aunque salir del clóset no garantiza una vida libre de dificultades, para muchas personas puede representar la oportunidad de comenzar a vivir experiencias que durante años parecían demasiado lejanas.

Si llegaste hasta aquí y reconoces que llevas mucho tiempo queriendo hablar sobre tu orientación sexual o identidad de género, pero que el miedo te ha llevado a postergar esa conversación una y otra vez, quiero invitarte a conocer Desbloquea tu Orgullo. Creé este programa precisamente para acompañar a personas LGBTIQ+ que desean avanzar hacia una vida con mayor libertad, pero que necesitan comprender sus miedos, prepararse psicológicamente y evaluar cómo abordar esta conversación de manera segura y consciente. Actualmente estamos en plena apertura de postulaciones, y durante este período puedes agendar una videollamada gratuita conmigo o con mi equipo para conversar sobre tu situación, conocer cómo funciona el programa y evaluar si es el acompañamiento adecuado para ti. Si sientes que ha llegado el momento de dejar de postergar esta conversación y comenzar a prepararte para dar ese paso, haz clic aquí para agendar tu videollamada gratuita conmigo.

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